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jueves, 18 de marzo de 2021

Sí, todos sí somos fanáticos de Horacio

Por ahí leí algo como "ahora todos eran fans". La respuesta es sí. Ocurre que fue un artista con un contenido muy fácil de consumir.
 
Recuerdo perfectamente como en medio de un baile, sarao, en discotecas, actividades escolares, la que sea, el dj podía darse el lujo de interrumpir la tanda más dura de plena y tirar algo de ese rock en español que nos ponía a todos a cantar. En la actualidad puede ocurrir lo mismo sin lugar a dudas.
 
Para los que vivimos la era Danger Man, es natural cantar las producciones del rock en español de ese mismo periodo. ¡Eso los djs lo saben mejor que yo!

Sí podíamos escuchar a Danger Man, a Toby King, al Roockie, a Ulpiano, a Victorio, Samy y Sandra y si sonaba Son Miserables la cantábamos y gozábamos.

No me había detenido a pensar en su atractivo físico, su acomodada posición, pero sí tengo muy presente su carisma, su dulzura y humanidad.

Horacio era alguien accesible. Me lo podía encontrar en un evento de cóctel en saco y corbata en su rol de abogado de una importante firma y siempre era amable. A la vez lo podía ver en un evento más relajado, algo musical, y la personalidad era la misma. Siempre amable.
 
Me encantaba que si uno comentaba algo en sus redes, él respondía. Siempre amable.
Sigo pensando en la cantidad de veces que he cantado a gritos sus canciones en fiestas, feliz con amigos, conocidos y desconocidos. Pasé toda mi adolescencia escuchándole.
 
Su contenido musical no es rebuscado. Cualquiera podía sentirse identificado, cualquiera podía dedicar sus temas. Todos los pueden cantar.
 
Y si a alguien le molesta el alcance de Horacio, hoy no es día para ver redes. Si alguien quiere aprovechar la ocasión para ofender a los que considera menos, tampoco es un buen momento, porque Horacio jamás se burlaría de un fanático de él que cante sus temas del corazón y que al rato gritara ¡Funeraaaaaal!

El tiempo solo tiene tiempo para darle un final a cada historia. Pero tu historia no tendrá fin Horacio.

domingo, 19 de abril de 2020

Otra vez el jengibre como buen remedio

Té de jengibre y papaya.

Hoy es el día 42 de la pandemia COVID-19. Hay cuarentena total. Nadie puede circular. Fue el 20 de marzo que se ordenó la paralización de las actividades a nivel nacional, esto incluyó el cierre de todo movimiento comercial, exceptuando aquello considerado como prioritario en medio de esta crisis sanitaria.

Hoy por fin pude conversar un rato con mi amiga Amaia, quien vive en Francia. Después de emocionarnos unos segundos por vernos a través de una llamada por video, era casi obligatorio que ella me conversara de su estado de salud.

Amaia fue una más de las 2 millones 334 mil 123 que han dado positivo en todo el mundo, una de los 150 mil de Francia. Como la mayoría de las personas, ante esta novedad, cuando ella sintió los primeros síntomas pensó que era un resfriado común.

Esta jovencita francesa es de origen africano. Esto hace que su familia guarde ciertas prácticas más naturales a la hora de buscar un remedio para algún malestar.

Al tener dolor en la garganta, Amaia se bebió unas infusiones de jengibre, cebolla y ajo. Cuando lo hizo sintió un rápido alivio en ese área. Pero aunque el dolor desapareció, comenzó a presentar elevadas fiebres, por cinco días seguidos. Se sentía muy débil. Fue entonces que sus padres la llevaron al hospital. La diagnosticaron como COVID-19 positivo, los médicos hicieron la aclaración de que lo peor ya había pasado y el comportamiento del virus en esa etapa sería más leve. Le recetaron unos fármacos y la mandaron a casa.

Francia registró, hasta hace pocos días, 19 mil 329 fallecidos por este nuevo mal. Al igual que acá, están prohibidas las aglomeraciones, hay restricciones. De hecho esta llamada como Amaia se había retrasado porque ella, desde el inicio de la cuarentena debe atender clases virtuales de su universidad y le dejan tanto trabajo que acaba agotada por sus jornadas.

Pero sigamos con la experiencia médica. Mi amiga, además de sus recetas de farmacia para combatir el virus, continúo tomando las mismas infusiones de jengibre, cebolla y ajo que hizo al inicio. Ella asegura que después de beberlas se sentía más compuesta, que cuando solo ingería los medicamentos. De acuerdo con su experiencia, algún efecto fortalecedor tenía esa bebida caliente en su organismo.

Amaia me contó, muy segura de sí, que ella cree que estos remedios caseros pueden tener una alta efectividad para combatir este aún poco conocido virus. Lo dice así porque eso fue lo que sintió al comparar ambas opciones.

Le pregunté si solo ella fue diagnosticada como positiva en su familia. A sus padres nunca le hicieron la prueba, pero llegaron a sentirse igual que ella al principio y procedieron a tomar las mismas infusiones aprendidas en su sitio de origen. Allá, donde a diferencia de la gran París, aún se cultiva la tierra y se depende tanto de ella, incluso a la hora de buscar sanación. Los malestares de ellos no pasaron a mayores.

Amaia no es científica ni nada parecido. Solo es una afectada más, que aunque se llegó a sentir muy débil, se pudo recuperar. Ahora dice que la gente debe saber que no es mala idea tener presentes las recetas de los abuelos, porque para ella, eso fue lo que la hizo sentir mejor.

jueves, 16 de abril de 2020

Reflexiones en medio del COVID-19

Escrito por Dayana L. Rivas Ch. Finalmente llegó día en que todos debemos llevar una mascarilla puesta si vamos a salir de casa. Por lo menos es el requerimiento que han hecho los supermercados para dejar que uno entre. Entonces es común que en la calle todos vayamos con el nuevo accesorio.

Debía salir por pan este 15 de abril, sí, el Día del Arte y también fue un 15 de abril lo de La Tajada de Sandía (1856). Ya en esta fecha también se tienen limitaciones para la movilidad. Lunes, miércoles y viernes salen las mujeres y martes, jueves y sábado, los hombres. Aunque el fin de semana pasado decretaron aislamiento total para todos. Durante sábado y domingo nadie pudo salir.

Mi hora de hacer mandados es 12:30 del mediodía a 2:30 de la tarde. Eso es otro detalle, las personas podemos salir según un horario organizado de acuerdo al último número de cédula. Tengo exactamente dos horas para estar en la calle. Ese tiempo lo debo usar para algo muy necesario, en mi caso, como lo dije, debía intentar lograr algo de pan.

Yo salí el viernes pasado, pero por alguna razón en el supermercado no había pan. Entonces, sin muchas ganas de exponerme por el protocolo que representa salir y entrar a casa, decidí aventurarme una vez más para ver si esta vez sí tenía suerte.

No soy paranoica pero no quiero averiguar qué se siente estar contagiada con COVID-19, mucho menos quiero saber qué tal la pasarán mis hijos si llegasen a verse afectados. Preferiría no estar fuera de casa. Sin embargo hay que ir por comida. El asunto es que como hoy no tengo acceso a un auto, debo usar el transporte que hay en las calles.

Desde hace días vengo pensando que los taxis deben ser excelentes transmisores del virus, porque pasan llevando a distintas personas, manejando dinero que viene de manos que quizás no se hayan lavado bien. En fin, en mi mente veo a estos vehículos con millones de microscópicos cuerpos esperando pegarse a alguien para enfermarlos.

Con esta película en mente tomé la decisión de caminar hasta el supermercado para evitar ese foco de contagio. Mascarilla puesta, los zapatos de salir (que desde que inició esto no entro nunca a casa y son los únicos que uso) y con música empecé mi trayecto de 30 minutos.

Recuerdan mi hora de salida: 12:30 p.m. Sinónimo de pleno sol. Soy buena caminadora, me encanta, aún con sol. Pero llevaba puesta mi mascarilla por seguridad (no vaya a ser que pasara alguien al lado y me estornudara) y no había avanzado ni un kilómetro cuando sentía que me hacía falta el aire, además el sudor me corría a chorros por el rostro. Casi que pensé que me desmayaría, mas no me atrevía a quitarme la mascarilla, además que me parece de lo más imprudente tocarla.

El camino se me hizo más largo de lo habitual. Iba repasando la lista. Como nunca, jamás he sido organizada, anoto lo que voy a buscar para no olvidar nada. No quiero volver a salir de casa.

Panamá Oeste es uno de los sectores con más casos de coronavirus, 780 según el reporte de este mismo 15 de abril, a 38 días de anunciado el primer caso en Panamá. En el país hay 3,751. Lo que más me preocupa es el número de muertes, 103. Cierto es que no hemos llegado a los niveles de Wuhan, donde inició la pandemia, ni a los de Italia donde las defunciones alcanzaron centenares, lo mismo que en España y ahora también en Estados Unidos, no obstante esos 103 a mí me parecen mucho.

Dicen los médicos que todos esos casos presentaban un historial clínico comprometido por alguna enfermedad. Pero yo solo pienso en que esos 103 sobrevivieron a otros virus, a otras situaciones, y llega un virus que fue anunciado como de “baja letalidad” y les quita la vida en pocos días. Hay quienes han muerto en sus casas, no les da ni para llegar al hospital.

Se ha dicho que tiene un impacto muy leve en niños, en personas jóvenes en general. Acá en Panamá ya murió una niña, una de las pocas en ese rango de edad en el mundo. Tenía varias o complicaciones, anunciaron los médicos. Igual me queda la angustia.

Completados con éxito los 30 minutos de sol, en la entrada del supermercado una persona me pide mi cédula para asegurarse que es mi hora y además me toma la temperatura, para verificar que no tenga fiebre, uno de los síntomas del COVID-19. La verdad pongo en duda un poco eso del termómetro porque ni acaban de apuntarle bien el escáner y ya lo van pasando y midiendo a otro.

También hacen que me ponga alcohol en las manos antes de entrar. Pensando en quién habrá tocado la canasta antes que yo, tomo una y voy a buscar mis productos rápidamente. Antes de seleccionar el pan pienso en quién lo tocó antes. Ni modo, tengo que llevarlo. Así aplico el mismo ritual ante cada cosa que debo llevar.

En la caja no quiero tocar las manos de la cajera, tampoco quiero que un empacador me ayude. No lo digo ni expreso de ningún modo. Con resignación tomo mi bolsa y salgo, agradeciendo a la fortuna que no tuve que hacer fila para entrar al supermercado. Usualmente hay una hilera de personas en la entrada porque solo puede estar un número pequeño de clientes dentro, para evitar las aglomeraciones.

Pienso en que quizás la gente no tiene dinero para hacer sus compras. Muchas empresas, al anunciarse la cuarentena obligatoria para la mayoría de la población, se acogieron a un decreto que permite la suspensión de contratos a su personal. Esto indica que los mandan a casa y no tienen que pagarles sus quincenas porque en esos días no están trabajando.

La población en esa condición ha sido inscrita a un programa llamado Panamá Solidario, con el que el gobierno distribuye bolsas de comida o bonos (80 mensuales) para que puedan sobrevivir. Los bancos anunciaron medidas “flexibles” para apoyar a sus clientes en estas condiciones. También se habla de rebajas en la tarifa eléctrica.

Hay quienes piden la suspensión de todos los pagos. Yo pienso que los bancos nunca pierden. Todo lo que uno deje de pagar, lo van a cobrar con todo e interés.

En la salida del supermercado dude en volver a caminar. No lo hice. Pensé que acabaría desmayada a medio camino y de pronto perdería mi mercancía. Sin muchas ganas tomé un taxi.

Al llegar a casa inicia el ritual de desinfección. No toco la puerta. Mis hijos me abren, pongo los paquetes afuera y me lavo las manos. Rocío Lysol en todo, luego busco un alcohol y aún fuera de casa procedo a limpiar uno a uno. La primera vez los lavé con agua y jabón pero arruiné varios, entonces cambié de técnica. Luego de limpiarlos, entro a casa, me meto al baño y me baño de pies a cabeza. La ropa que usé la lavo inmediatamente. Ya limpia yo, limpio el celular y entonces acomodo los productos en su lugar. Yo en mi vida había hecho algo igual.

Como todo eso ocurre antes de almorzar, acabo, por lo general, casi que al borde del desmayo por el hambre. Finalmente como.

Cuando termino todo eso me pongo a pensar en la gente que no cumple la cuarentena porque no les da la gana. Me da tanta pereza en el proceso para salir y entrar a casa, que me pregunto si a esos que andan en la calle, eso no les inquieta. Yo no soy paranoica y hace rato me he preocupado por la cantidad de información que vamos recibiendo, que aunque uno no quiera le causa cierto estrés.

También me acuerdo de las personas que venden soda y burundangas en el tranque. Cómo estarán si no pueden salir a buscar su sustento. A esos no culpo si los veo en la calle. ¿Y los que viven en las calles?

Yo no la he pasado nada mal en estos días de cuarentena, lo admito, pero en mi familia hay por lo menos (que yo sepa) unas 5 personas sin salarios en estos momentos. Tampoco les ha llegado ningún tipo de ayuda del gobierno.

Nadie estaba preparado para enfrentar una pandemia que ha infectado a más de 2 millones y ha provocado 130 mil 649 muertes en todo el mundo, según los informes de este 15 de abril. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha informado que cerca del 81% de la fuerza laboral mundial está detenida, ahí está toda mi familia de Colón y mis vecinos.

Es muy probable que una cajera de supermercado hoy tenga más ingresos que un gerente de un hotel, por ejemplo, o que cualquier asalariado con título universitario que haya sido enviado a casa por suspensión de contrato hasta pasada la crisis.

La OIT da otra cifra muy desalentadora: ellos prevén que 1,250 millones de trabajadores (el 38% de la población activa mundial) tiene un alto riesgo de perder su empleo, porque son parte de sectores que afrontan una grave caída.

En estos días le he tomado más aprecio y respeto a los productores de alimentos, a los que siembran y crían animales que luego son llevados a los supermercados. Esos que en muchas ocasiones cierran calles por la falta de apoyo, que nos muestran sus mermas porque no pudieron vender a tiempo o porque una plaga los afectó.

Cuando cayó la primera lluvia de esta temporada me acordé tanto de ellos y pedí que cayera el agua suficiente para que pudieran producir. No demasiado porque no queremos inundaciones en medio de una crisis tan fuerte.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

En busca de la libertad a través de la lectura

Dentro del centro penitenciario La Nueva Joya se ha gestado una nueva lucha. Con pocos recursos toma forma un prometedor sistema de bibliotecas.

Dayana L. Rivas Ch.

En el pabellón E del centro penitenciario La Nueva Joya los privados de libertad tienen su propia forma de ajustar las cuentas. Debido a su particular situación crearon un sistema en el que todo se hace con las manos y el ingenio. Por supuesto, necesitan uno que otro recurso que les llega desde afuera.

Aunque limitados, nada ha detenido el deseo de tener organizadas bibliotecas dentro del lugar que los aísla del resto de la sociedad, porque la consigna la tienen clara y bien rotulada en la entrada de una de ellas “Lee un libro y viaja afuera, la mente no está presa”.

Así van las cuentas. En la biblioteca del ala norte tienen registrados 724 documentos. En un tablero blanco, con unas gráficas dibujadas a mano con líneas perfectamente trazadas, llevan las estadísticas que indican que tienen 351 libros en la colección bibliográfica y 423 publicaciones seriadas (periódicos y revistas) en la hemeroteca.

Todo el contenido lo tienen ordenado según el tema que se aborda. Apenas se entra al espacio destinado para este fin, justo a la izquierda está la hemeroteca, donde han colocado con cuidadosa estética y alfabéticamente las revistas y diarios a los que han tenido acceso.

Luego, la mayor parte del salón tiene el resto de los muebles con libros que acomodaron de acuerdo al Sistema decimal Dewey, que divide la colección en las 10 grandes áreas del conocimiento (0 conocimientos generales, 100 filosofía y psicología, 200 religión, 300 ciencias sociales, 400 lenguaje, 500 ciencias naturales, 600 tecnología y ciencias de la salud, 700 artes y deporte, 800 literatura, 900 geografía e historia).

Los responsables de esta esmerada tarea son los privados de libertad Alex Cedeño, Humberto Pitty, Gregorio Alvarado y Rafael Caballero. Cada uno tiene una tarea específica. Cedeño es quien dirige la gestión bibliotecaria, es el encargado de que todo funcione como en cualquier biblioteca del mundo (dentro de las posibilidades) aunque estén en un penal. Alvarado y Caballero se encargan de llevar el registro de los préstamos y son los responsables de que cada documento regrese a su espacio en buen estado. Pitty tiene la misión de cuidar del orden, el aseo y del diseño de interiores del recinto.

En un pequeño espacio donde se dispusieron varios libros relacionados a finanzas hay un cuadro y el nombre de un excompañero, quien falleció privado de libertad. En honor a él decidieron iniciar la aventura de crear una biblioteca a la que nombrarían Oscar Ibarra. “Era una persona que siempre estaba leyendo”, cuentan los hoy bibliotecarios, quienes argumentan que de ese recuerdo nació la idea que consumaron el 23 de enero de este, cuando inauguraron el centro de aprendizaje.

De la mano de los expertos

Antes de ese momento no imaginaron que algún día desarrollarían estas labores. Dada la necesidad de crear algo que funcionara, entablaron contacto con la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R., donde desde el despacho de la directora técnica de esta entidad, Guadalupe de Rivera, se gestionó la dotación de documentos que nutrieran la naciente biblioteca.

La Biblioteca Nacional no solo donó libros. Desde la primera visita se notó el interés que tenían los detenidos, así fue que Rivera autorizó que la bibliotecóloga Fátima Ávila, jefa de la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, dictara unas capacitaciones a quienes se harían cargo de las bibliotecas.

Ávila instruyó a 12 personas. Ella fue quien les habló del sistema Dewey, de las áreas del conocimiento y de la importancia del registro en números de todo lo que realizaban. En las primeras visitas al penal no se observaba lo que hoy son las bibliotecas, asegura la experta.

Fue muy grato para ella ver cómo hoy, sus alumnos se han esmerado en aplicar cada dato que les impartiera en clases. No tienen un sistema informático para llevar los registros de adquisición, de catalogación ni mucho menos los préstamos, como lo permite el programa Absys que usan muchas bibliotecas. Aun así no se les ha escapado ni una cifra.

Hace unos días la bibliotecóloga volvió a La Nueva Joya a entregar una donación de 300 documentos que se sumaron a las 141 novelas, 57 libros de religión, 45 de filosofía, 21 de geografía e historia, 63 de derecho e idioma, 24 almanaques y diccionarios, 54 atlas, 62 periódicos, 25 revistas Mundo Social, 46 National Geografic, 183 revistas Lotería y otros cuantos que nutren el lugar.

Estos hombres han bajado el cielo a su pabellón, con todo y su Sistema Solar. Cuando Ávila entró a la biblioteca quedó parada bajo el sol y los planetas que lo rodean, gracias a una maqueta que colocaron los recién estrenados bibliotecarios en el techo del salón. Fue idea de Humberto Pitty, quien es artesano. Leyendo una de las primeras revistas que le llevaron se encontró con una imagen imponente, que de inmediato, en su mente, la ubicó en la parte superior del cuarto. No sé quedó en el pensamiento, él transmitió su idea a los compañeros y rápidamente solicitaron apoyo de las autoridades del pabellón, quienes permitieron que sus familiares le hicieran llegar los materiales para la manualidad.

La también magíster en Patrimonio documental recibió un detallado informe de lo que ha ocurrido con todo el contenido que ha llegado. En un libro llevan registrado a mano cada documento que ha ingresado, ya sea por vía de la Biblioteca Nacional o a través de las visitas que reciben los privados. Colocan el código según el sistema Dewey y el número de ISBN que tiene cada libro. De esta forma tienen claro en qué sector va cada adquisición. La representante de la Biblioteca Nacional estaba sorprendida de la claridad con que se le describió cada dato.

En otro cuaderno llevan el control de los préstamos. De enero a septiembre se dieron 939 solicitudes. En febrero tabularon 171, marzo 150, abril 145 mayo 126, junio 123, julio 89, agosto 94 y hasta el 18 de septiembre iban 61. Gracias a las estadísticas han detectado que las novelas son lo más buscado, sobre todo la literatura panameña que describe la cultura y regiones del país, entre esos libros más leídos está Pueblos Perdidos del sello editorial Biblioteca Nacional. También piden mucho lo relacionado a leyes y les gustan las revistas porque los hace soñar, describen los encargados de realizar los préstamos.

El ambiente de la biblioteca Oscar Ibarra no tiene nada que pedir a ninguna de afuera. Sus administradores se han encargado de decorar cada rincón, desde los pasillos han sido nutridos con carteles informativos hasta el interior donde aparte de las dos colecciones han diseñado rincones temáticos donde hay un espacio destinado al deporte, a actividades internas, etc. Se han preocupado por hacer esculturas y cuadros pictóricos con material reciclado dándole así color y alegría a las grises paredes.

No solo conmutan, se ayudan a sí y a otros

Estar a cargo de la biblioteca les ha dado otro sentido a la situación en que se encuentra cada uno de los involucrados en este proyecto. En el ala sur del pabellón E se encuentra otra biblioteca, un poco menos dotada pero que funciona bastante bien, explicó Ávila. Los encargados de este sector son Javier De Sedas y Emanuel Espinoza. Ambos conmutan pena gracias a este trabajo, pero para ellos el acceso a documentos de valor es una forma de apoyar a los compañeros que se encuentran en otros programas educativos.

Espinoza cuenta que él mismo se ha visto beneficiado. Él está próximo a culminar su bachillerato. Casi termina de pagar su pena y también recibirá un título educativo. Cuenta que cuando necesita hacer alguna tarea, es la biblioteca el lugar al que acude, porque en su caso, aparte de los profesores y de los talleres a los que tienen acceso, ésta es la única vía que tiene para adquirir el conocimiento que desee.

En este ala también leen mucha literatura panameña y solicitan libros de leyes. Estos últimos para estar mejor informados de sus situaciones legales. En este sector, la biblioteca empieza a tomar forma. Los encargados son más jóvenes que los de la Oscar Ibarra, pero se esfuerzan por mantener el orden y el aseo. Con regularidad visitan a sus colegas para observar cómo han adecuado el espacio y así tener ideas de cómo lograr una mejor gestión bibliotecaria.

Estos dos jóvenes ya se encuentran en lo que llaman “prelibertad”. Su anhelo es que cuando dejen esas paredes y barrotes, la biblioteca siga siendo una herramienta útil. Desean verla más dotada, con acceso a más novelas y a documentos hemerográficos, que es lo que menos tienen.

La realidad del sistema

Colgados en unos cuadros en la pared tienen los certificados que recibieron después de la capacitación de Ávila. Ese fue un paso importante para que hoy, solo unos meses después, las bibliotecas lograran el avance alcanzado. Aunque el sistema penitenciario dispone de un sitio en cada pabellón para este fin, la existencia de estas bibliotecas ha dependido de la voluntad de los residentes del pabellón y del apoyo externo que han encontrado.

La Biblioteca Nacional ha jugado un papel importante en el éxito de estas bibliotecas, el otro pilar, de acuerdo con lo descrito por los propios privados de libertad, ha sido su familia, quienes han aportado libros, maquetas, rompecabezas y otros artículos que les han ayudado a crear un mejor ambiente. Pero cualquiera que esté interesado puede aportar a estas iniciativas a través del departamento de Donaciones del Sistema Penitenciario.

Lo más pobre de su contenido es la colección hemerográfica (revistas y periódicos), porque es a lo que menos tienen acceso sus proveedores. Sus familiares tienen prohibido llevarles periódicos y la Biblioteca Nacional solo recibe los números que necesita para sus propias colecciones.

Justo son los periódicos elementos muy utilizados por ellos dentro del penal y muchas veces los que llegan son usados en los talleres de artesanías. Es decir, que el contenido de la hemeroteca peligra cada vez que inicia un curso, problema que podría ser resuelto si recibieran más donación de estas publicaciones.

Alianzas entre instituciones

Roddy Geannino, coordinador de Educación del Sistema Penitenciario, explica que están trabajando en alianzas para que puedan funcionar más bibliotecas dentro de los penales. Tiene presente que las poblaciones pueden ser muy distintos en cada pabellón, por lo que el tiempo que se tome en concretar cada proyecto puede variar.

Lo principal es estimular al privado de libertad que aunque esté ahí dentro puede ser útil para la sociedad. Ese pensamiento que han demostrado tener los del pabellón E debe hacerse viral. Por su parte Fátima Ávila, de la Biblioteca Nacional, está dispuesta a seguir colaborando con estas bibliotecas. En su última visita les dio algunas recomendaciones sobre conservación, para cuidar la vida de cada documento.

Según las cuentas ajustadas hasta este momento, cada día se realizan cerca de 4 solicitudes de libros en cada biblioteca. A los más asiduos les ha tocado releer varios libros. Les ha quedado marcado el mensaje de la entrada, su mente no está presa y a través de la lectura viajan lejos.

martes, 18 de octubre de 2016

¿Cuándo dejó de brillar la tacita?

Observar la ciudad de Colón es como mirar a una mujer vieja, en la que sus rasgos describen que un tiempo atrás fue muy bella. En el caso de este territorio caribeño, su historia cuenta que fue hermosa varias veces y quedó en ruinas muchas otras. Durante la construcción del ferrocarril, a inicios de la época republicana, en la era de las fuerzas armadas estadounidenses, cuando inició la Zona Libre y ahora, la realidad mantiene cierta similitud: no han dejado de existir los segmentos malolientes y descuidados y los edificios firmes y bien mantenidos. Para cada estilo de viviendas siempre se ha tenido claro su población.

Crónica publicada en la revista Tacita C3
La “Tacita de Oro” bien puede llamarse la “Tacita resiliente”. Aquí el mitológico ave Fénix se ha levantado una y otra vez de sus cenizas. En sus primeros 100 años los medios de comunicación de la época registraron unos 50 incendios. Con esto queda claro que nunca las tuvo fácil la ciudad que se levantó sobre una isla pantanosa, en la que hoy hay unas 55,069 viviendas.

De hecho, cuenta Max Salabarría Patiño en su obra La ciudad de Colón en los predios de la historia, que la actual ubicación no había sido la primera opción para la Compañía del Ferrocarril, sino la Bahía de Portobelo. Pero ocurrió que un empresario compró intencionalmente unas tierras justo por donde debía pasar las líneas paralelas, pretendiendo venderlas a un precio muy alto a los que construirían la terminal férrea.

Estos se decidieron por otro terreno pegado al mar en el que tuvieron que negociar con un capitán navío cubano, de origen inglés, quien, de acuerdo con las investigaciones de Salabarría, fue el primer habitante de la isla de Manzanillo. Él se había dedicado a cultivar plantas, aproximadamente desde 1831. A este personaje le compraron las tierras, que hoy son ocupadas por unos 206, 553 personas(según el último Censo de Población y Vivienda), por mil pesos. Salvo las plantaciones del capitán, allí solo habían manglares y sus inseparables mosquitos. Estos no sospechaban que serían los anfitriones de habitantes de todos los rincones del mundo.

Fue el 2 de mayo de 1850 cuando los ingenieros estadounidenses John C.Trautwine y James L. Baldwin entraron a la deshabitada isla, con media docena de macheteros. Esto indica que los primeros habitantes fueron los empleados de la vía férrea, quienes no tenían mentalidad de fundadores, señala Salabarría en sus investigaciones, clasificándolos como población flotante; ya que así mismo fueron llegando otras personas por sus propios medios e intereses, que no tenían en mente echar raíces. Iban y venían, algunos se reproducían. De esa forma la ciudad fue creciendo, pero siempre de forma aislada a lo que pasaba en el resto de la nación e incluso del Istmo. Realidad no muy distante del pasado reciente ni de la actualidad.

Ya para el año 1851 el territorio insular, con unos mil pobladores y 60 edificios, se había unido con tierra firme. Entonces para 1852, la concesión hecha por el gobierno de Nueva Granada a William Aspinwall, John Stephens y Henry Chauncey para edificar un camino de rieles, ya tenía su ciudad terminal con nombre establecido: Colón, en honor al almirante genovés que, de acuerdo con el historiador estadounidense Samuel Eliot Morison, pasó la Navidad de 1502 hasta el Año Nuevo de 1503 anclado frente a lo que hoy se conoce como Coco Solo.

Los nuevos habitantes

Cuando ya habían pasado 25 años desde su fundación, residían 4 mil personas de manera permanente, quienes desde el inicio tuvieron una marcada diferencia, plantea el historiador Ernesto J. Castillero R., en su libro La isla que se transformó en ciudad. Estos estaban divididos en dos barrios. El de los blancos, compuesto por jefes y funcionarios de la compañía del Ferrocarril, ubicados en suelo alto, firme y seco, en casas de madera, calicanto o ladrillos.

El otro era el de los jornaleros (negros y gente pobre), a quienes les construían hileras de casuchas rústicas, hechas con tablas y zinc, paralelas a la estación del ferrocarril, sobre el pantano.

Esto último quizás no dista mucho de lo que vivió José Félix Ávila. Él llegó al mundo mientras su madre residía en un paupérrimo vecindario levantado en la entrada de la ciudad, a mano derecha, lo que se conocía como Folk River. Debajo de los pisos lo que existía era un terreno viscoso, maloliente, lleno de desechos, bastante similar a lo que experimentaban esos trabajadores menos privilegiados en la época de la Compañía del Ferrocarril.

Lo cierto es que desde sus inicios la Isla se constituyó como un centro internacional. Así como en antaño, este hombre fue testigo de la actividad que realizaban judíos, árabes, indios, chinos y hasta europeos. Es que ésta era la puerta de entrada al país, describió Castillero en una de sus recopilaciones. En sus albores se reunían en sus calles comerciantes, mineros, caballeros de industria o simplemente aventureros, detallan los diarios de mediados y finales del siglo XIX.

Cabe destacar que los primeros palacetes fueron de los franceses, quienes en la época de su canal dieron forma al barrio de Cristobal, donde el mismo Fernando de Lesseps hizo construir una hermosa mansión. Después de esto, las casas bonitas eran ocupadas por los estadounidenses y, en un pasado más cercano, por los empresarios más afortunados.

Entre llamas y reconstrucciones

Ernesto Castillero, en sus estudios, asegura que esa bella Colón que todos recordamos y añoramos fue producto de la época republicana. En el año 1958, cuando nació José Félix aún quedaba evidencia de esa era de oro. La exisla y sus calles se mostraban elegantes y pulcras. Esta era una realidad a medias, como la historia demuestra que ha sido. Siempre se han dado dos caras: la de las casas dignas y la de él, a quien le tocó la realidad contraria, cuadros casi que de cartón, parchados por arriba y por abajo. Lo cierto es que solo le bastaba dar un par de pasos para andar por avenidas limpias y edificios que se levantaban con arrogancia. Esa era la Tacita.

Los recuerdos de niñez de este colonense eran correctos, es que solo había pasado 20 años desde cuando se dio una de las tantas reconstrucciones. En abril de 1940 un fuego, que inició en calle 6, consumió 24 cuadras y 293 edificios. De los 50 incendios contados en los primeros 100 años de ciudad, seis se describen en los periódicos como de gran magnitud.

Lo que refleja que las viviendas en mal estado y la miseria han sido parte de la historia de Colón, por más que haya tenido sus momentos de gloria.

Justo después de 1940, narra Salabarría, fue cuando se levantó la ciudad moderna, como la tiene en mente Ávila. Es que las llamas eran el principal enemigo porque nadie construía edificaciones que no fueran de madera, ¿la razón? Los terrenos eran de la Compañía del Ferrocarril y estos se alquilaban, lo que suponía construir sobre el aire. “La verdad sobre Colón”, publicación del año 1980, achaca a este factor el primer muro contra el progreso.

Antes de 1940 las llamas corrieron por la ciudad decenas de veces, no obstante 55 años antes, cuando Colón estaba habitada por unos 4 mil pobladores, con dos escuelas y hasta una hermosa iglesia forjada en piedra (que sigue en pie en la actualidad), se dio uno de esos terribles hechos. En 1885 un voraz incendio consumió rápidamente la ciudad, dejando todo en escombros. De este hecho se culpó a Pedro Prestán, pero Salabarría Patiño aseguró que este personaje fue víctima de sus enemigos.

La situación colonense parece cíclica. Un año después de lo de Prestán se volvió a incendiar otra parte de la ciudad. Tras esto, unos empresarios organizaron un cuerpo de bomberos. Pero de igual forma, siguieron los siniestros.

La ciudad moderna

Con todo y sus fuegos y las ruinas que se tumbaban y volvían a levantar, entre 1914 y 1940 esta fue una de las ciudades más modernas del istmo. Era donde llegaba primero todo. Abundaban teatros, cines, comercios, incluido en ellos decenas de cabarets. Esto fue producto del movimiento que generaron quienes arribaban a esta parte de Panamá, no precisamente porque hubiera una gestión del gobierno central, lo que queda reflejado al ver que no fue sino después de 35 años de la separación de Colombia que hubo un hospital público y 39 años un colegio secundario oficial y ni en la vida republicana tuvo un cementerio propio. En ese orden se gestionaron las prioridades.

Para esa fecha Luciano Niño, un costeño que lleva una mezcla entre negro y cholo criollo, tenía 10 años. Desde los 9 vivía en la ciudad de Colón. Su madre, proveniente de la Costa Abajo emigró en 1940 buscando mejores recursos para sus hijos. Estaba sola y le habían contado que en lo que antes era una isla, tendría oportunidad de ganar buen dinero. Como ella, muchos residentes de las afueras se instalaron en la Tacita de Oro. No era mentira, allí tenían trabajo, gran parte de la población era empleada por las fuerzas armadas de Estados Unidos que aún ocupaban la Zona del Canal y otros vivían gracias al movimiento comercial que, de forma honrada, también daba qué hacer.

Así se siguieron juntando personas de diversos rincones. Estaban los descendientes de los que migraron para la construcción del ferrocarril, negros antillanos, que sirvieron de jornaleros, y lo de otras etnias e intereses. Como Luciano y su madre, más costeños, entre ellos los provenientes de los negros coloniales, siguieron poblando la ciudad. Iban en busca del “Sueño Colonense".

Luego vino la creación de la Zona Libre, durante la administración del presidente Enrique A. Jiménez, lo que ayudó al mejoramiento de las condiciones urbanas. Es que antes de que se erigiera la zona libre de impuestos se ejecutaron otros rellenos que ampliaron la ciudad, perfectamente trazada se le añadieron más avenidas y calles. Más aún así, con todo y fuerzas de defensas y zona franca no dejaron de existir casas en buenas condiciones y casuchas mal instaladas. Esto último no hubo progreso que pudiera contra ello. Es como si quisieran permanecer como recordatorio de su historia, de sus luchas, como evidencia de los llantos de los que perdieron y como alerta para quien llega.

50 años en picada

Hasta los 60 había trabajo, recuerda Luciano. En los 70 José Félix seguía viendo un lugar bonito (él se ganaba unos reales ayudando a las señoras con las bolsas del mercado, no tenía necesidad de robar, era un jovencito). Ya para esos años Niño fue testigo de la decadencia en la que comenzó a sumirse la ciudad.

¿Qué pasó? Sin temor a equivocarse, Luciano Niño, sentencia que la salida de las fuerzas armadas marcó ese antes y después de la Tacita de Oro. Ellos empleaban a gran parte de los colonenses. “Desde ese momento la gente comenzó a rebuscarse como pudo, se escuchaba de robos, se metían a las casas… había que sobrevivir”, expresa con mucha sinceridad este viejo, que hace unos 30 años dejó el “Fénix” buscando un mejor futuro para sus hijos, no quería que ellos fueran presa de los malos pasos que comenzaron a rodearlos.

La ciudad se siguió poblando. La falta de opciones de trabajo en el resto de la provincia guiaba a la gente a esas 16 calles, con o sin una real estabilidad laboral. Lo mismo ocurría con la educación, dada la falta de escuelas secundarias en los poblados, antes y ahora, muchas familias debían enviar a sus hijos a la exTacita para continuar estudiando.

De esta forma, para esos caserones, reconstruidos o en ruinas siempre han habido inquilinos, que pueden llegar con la intención de hacerlo de forma temporal pero que luego son absorbidos por el sistema.

¿Y los fuegos? Las llamas siguen enamoradas de la Tacita. Solo algunos meses atrás se registró un siniestro que destruyó la nueva sede de la Administración de la Zona Libre. Esta fue una pérdida millonaria, la moderna edificación no se había estrenado, más su solo presencia demostraba algún vestigio de avance para esta olvidada provincia.

Pero esa es solo una historia. Hasta hace poco aún quedaban algunos albergues que ya eran residencias. Gimnasios que no volvieron a recibir atletas, porque debían calentar a los damnificados de otras malévolas llamaradas. Refugiaron a padres que ahí mismo se convirtieron en abuelos, que con ayuda de plywood y gypson se las ingeniaron para administrar y decorar el espacio. Así como se olvidaron de ellos, ellos también procuraron sacar de sus mentes que estaban en un refugio temporal, en el que ya han pasado hasta 20 años.

Luciano, José Félix, Castillero, Salabarría y los damnificados dan fe de la realidad. Cada uno en una época distinta y en un rol y realidad diferente han demostrado que sí hubo una Tacita de Oro, pero sus tragos no siempre fueron aromáticos ni dulces. Hubo episodios gloriosos, mas los azares del destino golpeaban una y otra vez, siempre con más fuerza. Hoy, las camisas amarillas y cascos blancos que invaden las calles ofrecen una nueva esperanza y el Fénix amenaza con volverse a levantar de entre sus casi que inseparables cenizas.

La ciudad que los unió

En las 16 calles de Colón se observan rasgos de diversas etnias, pero la mayoría de la población sigue siendo afrodescendiente. Hay dos tipos de negros. Los primeros que llegaron a ocupar la Isla de Manzanillo fueron los que vinieron para construir el ferrocarril y para trabajar en el Canal, en su mayoría provenientes de las Antillas. Estos estaban más relacionados con los ingleses, incluso algunos eran profesionales, de clase media. Se les describe como preocupados por la educación.

Antes de ellos, durante el periodo colonial arribó otra rama. Los españoles, para sus faenas pesadas, trajeron negros de África, quienes fueron instalados en sus ciudades principales. Estos, que se asentaron en las costas, llegaron en calidad de esclavos y fueron obligados a adoptar la religión y costumbre de sus amos.

De las rebeldías de este grupo heredamos los congos y diablos, el repicar de los tambores, nuestra riqueza musical. No solo la de Colón, Bocas del Toro y Darién. Expertos en música panameña como Juan Andrés Castillo han recalcado que los ritmos folclóricos que nos representan en general están fuertemente influenciados por la tradición de estos primeros migrantes africanos.

Representantes de ambos llegaron a Colón y por muchos años vivieron separados. Los últimos con costumbres citadinas, dada la naturaleza de su llegada y los primeros estaban adecuados a faenas rurales. Pero la Tacita de Oro los unió, por lo menos en espacio.

El negro costeño, el de la época colonial, comenzó a migrar a la ciudad y entonces fue común escuchar una conversación compuesta por el acento cantado, descendientes de los esclavos, y por la fonética de quien se esfuerza por hablar español, cuando su lengua natural está más vinculada con el inglés.

sábado, 22 de junio de 2013

Entrevista a Fariba Hawkins

Publicada en revista Mia el 20 de junio de 2013

Fariba Hawkins entró a un concurso de belleza porque estaba convencida que ese tipo de actividades abren puertas. Y no se equivocó. Quizás no estuvo clara en el inicio, pero después de varios años y de muchas entradas despejadas, un buen día sentada en un salón de clases identificó que el cine es su pasión y supo que por esa puerta debía entrar.

El conocimiento que adquirió en un diplomado de cine en la Universidad Latina, su esposo y la compañía de un grupo compuesto por profesionales idóneos, le dieron la oportunidad de recibir medio millón de dólares del Fondo Cine (iniciativa de la Dirección Nacional de Cine del Ministerio de Comercio e Industrias) para la creación de una película. No es que sea la suma con la que se realice una producción como las de Hollywood, pero el aporte es visto como un gran incentivo entre los actores de esta industria.

La selección de la propuesta del equipo del que es parte Hawkins se dio entre otros proyectos presentados por personajes con más trayectoria que ella. Y como siempre, aunque se esmeró, estaba segura que no ganaría y que su participación en esta actividad le serviría más que nada para que otros descubrieran que ellos (Fariba y sus compañeros de trabajo) estaban haciendo ese tipo de ejecuciones cinematográficas. Tal es su fascinación por el cine que, así como ella aceptó que esto es lo suyo, deseaba que otros también lo asimilaran.

Cabe resaltar que internalizarlo no fue tan sencillo. Le tomó tiempo.

Inicia el proceso

Para una chica que creció bajo el pensamiento que dicta que hay que estudiar una carrera convencional (médico, arquitecto, abogado, etc.) no era fácil determinar que el arte audiovisual era el portón por el que debía entrar. A diferencia de muchas, ella decidió ingresar al Miss Panamá en el año 2003 luego de tener su diploma en leyes bajo el brazo, pues entendía que ese tipo de actividades consumen mucho tiempo. En ese momento no tenía la ruta trazada.

No ganó la máxima corona de la competencia pero en efecto su rostro se dio a conocer. En lugar de ir a un despacho de abogados, ella consideraba que su juventud le daba licencia para entretenerse en otros oficios, luego le tomaría importancia a las leyes, pensaba para sus adentros. Fariba fue llamada a un casting para presentadora de televisión y ganó la plaza. También tuvo la oportunidad de ser la protagonista de la novela de producción nacional llamada “Vivimos un secreto”.

Esta chica dio varios tumbos que la guiaron a conocer a Jeico Castro, a él le hizo algunas consultas acerca de edición. La verdad es que tuvo una excelente química con el chico lo que dio paso al amor y luego al matrimonio, del que nació el pequeño Jeico Estefano. Pero ese no fue el único fruto de esa relación.

Jeico estudió cine y Fariba siempre tuvo cierta inquietud por la actuación. Por momentos pensó que eso era lo que deseaba hacer, mas entendió que aquí en Panamá no hay una condición que permita que los actores se desarrollen como ella esperaba hacerlo (si es que lo hacía), lo que le indicaba que tendría que salir del país. Ya estaba casada, su hijo había nacido y ya tenía la empresa Tiempo Real, que pese a su negativa y gracias al positivismo de su esposo, era próspera.

El día que vio la luz

Aquí viene la ruta cineasta. Fariba acepta que peca de insegura o de lo que ella plantea como “realista”. Cuando nació la idea de crear una productora analizó que el panorama no era sencillo, puesto que entendía que requerirían de una fuerte inversión económica, y además ya había un nicho de profesionales con el mercado más o menos acaparado.

Por su parte, Jeico veía que Fariba era una cara conocida y él tenía la preparación académica necesaria. Con un poco de incertidumbre esta chica aceptó el reto, pues lo que no tiene de segura lo tiene de aplicada. Para su dicha todo fue en positivo siempre. Les comenzaron a llegar los clientes para la realización de comerciales de televisión y hasta de vídeos musicales. Tanto en los comerciales como en los vídeos ella, con frecuencia, hizo las veces de productora. De hecho lo estuvo haciendo por largo rato, sin siquiera sentirse que lo era. Lo ejecutaba y ya. Entonces apareció el diplomado de cine, que por sugerencia de su esposo, decidió tomar.

Allí, acompañada de personas con poca experiencia, sacó adelante un proyecto que gustó mucho, y llegó la luz a su vida profesional. ¡Ajá! Eso era lo suyo, la producción, la producción de cine. Ahí se sintió plena y con locura pasional se metió en esa línea. De eso pasó al Fondo Cine y ahora trabaja en la elaboración del largometraje, cuyo nombre tentativo es “La última sonrisa”. Los planes para empezar a rodar están para inicios de 2014.

Fariba sabe que todavía hay más puertas por abrir y entiende que el talento, el empeño y los conocimientos son claves para que las cerraduras cedan.

jueves, 30 de mayo de 2013

Entrevista a Maritza Vernaza

Entrevista publicada el 30 de junio de 2013 en revista Mia

Primer llamado. Ya había sonado el timbre que marcaba el fin de la jornada de clases. Ahí muerta de la curiosidad estaba la pequeña Maritza Vernaza, quien en lugar de ir corriendo a tomar el autobús para llegar a casa, se quedó porque había escuchado que una maestra ensayaría con un grupo de niños una obra teatral para un acto especial. Mientras la docente daba direcciones a los compañeros de Vernaza, ella veía con ilusión lo que pasaba. Nunca había actuado, pero lo que sus inocentes ojos divisaban la enamoró. De vuelta a casa en su mente de niña seguía rodando la escena.

Segundo llamado. Ya la niña no era tan niña. Su existencia de adolescente le rogaba por otras actividades. La diferencia es que ahora no era tan tímida y podía autogestionar ciertas prácticas. A sus oídos llegó la opción de colaborar con la Cruz Blanca Panameña, específicamente en un grupo de prevención para jóvenes. Una de las facilitadoras era Xochitl Mckay (psicóloga y teatrista), con quien empezó a hacer teatro comunitario.

Tercer llamado... y se abre el telón. Con mucha más experiencia que la de la infante que veía a la maestra ensayar a los niños, Maritza participaba en la audición para la obra “Marianela”, de Benito Pérez Galdós, más que nada por sus cualidades físicas (ella es muy delgada), y resultó seleccionada. No esperaba debutar profesionalmente, ni siquiera lo estaba buscando, pero le llegó. Luego trabajó en “Maestra Vida” de Bruce Quinn, con el papel de La Vecina.

Y el telón se siguió abriendo... bueno también se cerraba, pero no ha dejado de abrirse. Paralelo a sus primeros pasos en las tablas esta actriz se preparaba para ser psicóloga, pues siempre le ha interesado el trabajo social. Aunque deja de ser psicóloga ella ejerció de lleno esta profesión en el área de recursos humanos, en capacitaciones y hasta en investigaciones de mercado. No obstante, el teatro siempre estuvo ahí.

“Realmente son cosas que siempre están, que siempre has estado haciendo, que te gustan. Te vas enamorando de ellas y quedas metida de cabeza. No sé si es una elección, es más bien como un modo de vida en el que de pronto estás y no pretendes abandonar porque satisface en muchos sentidos”, expresa Maritza al hablar de cuando decidió quedarse con el teatro en su vida.

Con su interés por la labor solidaria, el contacto con la comunidad, con ese principio de hacer algo por los demás sin dejar de gestar lo que le gusta, ella junto a su amiga y colega, la actriz Mariela Aragón Chiari, crea el Teatro Carilimpia, un tipo de teatro que utiliza espacios no convencionales; un día pueden montar una obra en medio de una avenida y al otro están dando una función en una bodega. Con esto han podido constatar la sed de oferta cultural que tienen las personas. Sin distinción de clase social los habitantes de la ciudad están ávidos a nuevas propuestas, a todo lo que los ayude a liberar el estrés del día a día.

En los intermedios. Lejos del ojo del público la actriz suelta una carcajada y dice: “Sí, sí. Sin duda sí habría sido más fácil”. Le acababan de preguntar si ejercer la psicología no habría sido más sencillo. “Trabajar con arte o gestión cultural implica muchos retos (al menos en Panamá actualmente)”. Ella no se arrepiente ni teme enfrentar los desafíos. Vivir la vida no es como seguir un guión, pero sí es como confrontar los imprevistos que se puedan dar en la producción de una puesta en escena.

Sigue la trama y el público aplaude. Poco o nada queda del temor de la niña de la escuela. Sus representaciones artísticas no son escasas. Los mejores teatros de la ciudad, las avenidas más concurridas e incluso en los metrobuses han apreciado su talento, no solo como actriz sino como productora.

Cuando la obra termina no hay telón que bajar. Literalmente en las presentaciones de Teatro Carilimpia no existe telón que bajar, y así mismo Maritza observa como difícil que ella algún día lo pueda dejar caer, pues cree que va a estar en el teatro toda su vida, no se imagina vivir sin la actuación.

jueves, 11 de abril de 2013

Entrevista a Tania Hyman

Revista Mia del 11 de abril del 2013

“Tú no tienes pinta de reina”. “No tienes pinta de modelo”. ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! Bueno sí, la verdad es que Tania Hyman estaba acostumbrada a escuchar ese monosílabo negativo desde que estaba en la escuela. Cada vez que mostraba interés por alguna actividad relacionada a la belleza, alguien la miraba como si aspirara a un imposible. Pero en aquellos años le tocó sorprender a más de uno, demostrar que sí, que sí podía y que sigue vigente.

El panorama un tanto adverso de Tania comenzó a variar cuando su madre la metió en un curso de modelaje para mejorar la postura.

“Entonces bajé de peso y terminé siendo la top model de ese tiempo”, recuerda esta dama con mucho orgullo.

No sólo fue la modelo más aclamada, hoy es la dueña de una agencia de modelaje, una reconocida actriz de teatro y contra los presagios de más de un productor de televisión, esta mujer negra se convirtió en una de las presentadoras más queridas de las pantallas panameñas.

Una vez escuché a alguien decir —rememora la actriz— que no podía ser escogida para “Los Grandes de la Música” porque no había suficientes luces; me contaron que el dueño del canal dijo: entonces hay que comprar más luces, yo la quiero a ella.

Los escenarios son lo suyo, con la misma agilidad con que usa unos tacones le da vida a un papel y capta la atención de cualquier espectador. En unos días cumplirá 20 años de carrera teatral con la obra “Camas separadas”, trabajo que se presentará en el teatro La Quadra del 17 de abril al 2 de junio y contará con la participación de actores como Rogelio Bustamante, Yimara Pérez Royco y Ángel Ramos. “¡Qué mejor manera de festejarlos que actuando!”, dice entre risas Hyman, quien hoy agradece su buena suerte y atesora los desafíos.

Enhorabuena ya no tiene que enfrentar los retos de cuando era adolescente, pero las responsabilidades no han disminuido. Como productora no sólo se tiene que ocupar por dar una buena actuación, ahora le toca elaborar puestas en escena que complazcan al público que cada día es más exigente.

—Después de 20 años... ¿te sientes renovada?

— Sí, si hay una cosa que tengo que hacer, sobre todo cuando me he dedicado en tanto tiempo a tantas cosas, es reinventarme, no es algo calculado, es algo que orgánicamente uno siente. No solo es cambiar de look, es cambiar de actitud, de pensamiento. En el mundo en el que yo estoy me tengo que rodear de gente joven, me toca actualizarme y renovar todo, lo mismo en la actuación.

Como en toda ganancia siempre hay una parte de la vida que se ve sacrificada. Aunque trabajo con mi madre —reflexiona— descuidé un poco la parte familiar y lo espiritual. Yo abandoné mucho el lado espiritual por concentrarme en tratar de hacer bien mi trabajo, confiesa.

Tras su recorrido por los sabios senderos del tiempo, su experiencia no ha sido corta, y ese es su mayor tesoro. Justo la habilidad que tuvo para desarrollarse en varios panoramas es lo que le ha dado la oportunidad de crecer. Eso sí, nunca ha dejado de prepararse.

—No sólo para el teatro, sino en cualquier actividad a la que se quiere ingresar, uno tiene que prepararse; hay gente empírica, personas que han nacido con talento, pero uno tiene que prepararse, estudiar... Yo tomo cursos y comparto con personas de afuera. Uno siempre va aprendiendo un poquito más... Si supiera todo lo que sé ahora y tuviera 20, sería lo máximo... (risas).

—¿Le temes a la edad?

—Para nada, tengo 45 años, nunca he ocultado la edad, pienso que uno tiene que ir envejeciendo con dignidad. Cuando cumplí 40 hice la fiesta de mi vida, yo estaba tan orgullosa de tener esas cuatro décadas, ya casi voy [llegando] a los cincuenta.