Publicada en revista Mia el 20 de junio de 2013
Fariba Hawkins entró a un concurso de belleza porque estaba convencida que ese tipo de actividades abren puertas. Y no se equivocó. Quizás no estuvo clara en el inicio, pero después de varios años y de muchas entradas despejadas, un buen día sentada en un salón de clases identificó que el cine es su pasión y supo que por esa puerta debía entrar.
El conocimiento que adquirió en un diplomado de cine en la Universidad Latina, su esposo y la compañía de un grupo compuesto por profesionales idóneos, le dieron la oportunidad de recibir medio millón de dólares del Fondo Cine (iniciativa de la Dirección Nacional de Cine del Ministerio de Comercio e Industrias) para la creación de una película. No es que sea la suma con la que se realice una producción como las de Hollywood, pero el aporte es visto como un gran incentivo entre los actores de esta industria.
La selección de la propuesta del equipo del que es parte Hawkins se dio entre otros proyectos presentados por personajes con más trayectoria que ella. Y como siempre, aunque se esmeró, estaba segura que no ganaría y que su participación en esta actividad le serviría más que nada para que otros descubrieran que ellos (Fariba y sus compañeros de trabajo) estaban haciendo ese tipo de ejecuciones cinematográficas. Tal es su fascinación por el cine que, así como ella aceptó que esto es lo suyo, deseaba que otros también lo asimilaran.
Cabe resaltar que internalizarlo no fue tan sencillo. Le tomó tiempo.
Inicia el proceso
Para una chica que creció bajo el pensamiento que dicta que hay que estudiar una carrera convencional (médico, arquitecto, abogado, etc.) no era fácil determinar que el arte audiovisual era el portón por el que debía entrar. A diferencia de muchas, ella decidió ingresar al Miss Panamá en el año 2003 luego de tener su diploma en leyes bajo el brazo, pues entendía que ese tipo de actividades consumen mucho tiempo. En ese momento no tenía la ruta trazada.
No ganó la máxima corona de la competencia pero en efecto su rostro se dio a conocer. En lugar de ir a un despacho de abogados, ella consideraba que su juventud le daba licencia para entretenerse en otros oficios, luego le tomaría importancia a las leyes, pensaba para sus adentros. Fariba fue llamada a un casting para presentadora de televisión y ganó la plaza. También tuvo la oportunidad de ser la protagonista de la novela de producción nacional llamada “Vivimos un secreto”.
Esta chica dio varios tumbos que la guiaron a conocer a Jeico Castro, a él le hizo algunas consultas acerca de edición. La verdad es que tuvo una excelente química con el chico lo que dio paso al amor y luego al matrimonio, del que nació el pequeño Jeico Estefano. Pero ese no fue el único fruto de esa relación.
Jeico estudió cine y Fariba siempre tuvo cierta inquietud por la actuación. Por momentos pensó que eso era lo que deseaba hacer, mas entendió que aquí en Panamá no hay una condición que permita que los actores se desarrollen como ella esperaba hacerlo (si es que lo hacía), lo que le indicaba que tendría que salir del país. Ya estaba casada, su hijo había nacido y ya tenía la empresa Tiempo Real, que pese a su negativa y gracias al positivismo de su esposo, era próspera.
El día que vio la luz
Aquí viene la ruta cineasta. Fariba acepta que peca de insegura o de lo que ella plantea como “realista”. Cuando nació la idea de crear una productora analizó que el panorama no era sencillo, puesto que entendía que requerirían de una fuerte inversión económica, y además ya había un nicho de profesionales con el mercado más o menos acaparado.
Por su parte, Jeico veía que Fariba era una cara conocida y él tenía la preparación académica necesaria. Con un poco de incertidumbre esta chica aceptó el reto, pues lo que no tiene de segura lo tiene de aplicada. Para su dicha todo fue en positivo siempre. Les comenzaron a llegar los clientes para la realización de comerciales de televisión y hasta de vídeos musicales.
Tanto en los comerciales como en los vídeos ella, con frecuencia, hizo las veces de productora. De hecho lo estuvo haciendo por largo rato, sin siquiera sentirse que lo era. Lo ejecutaba y ya. Entonces apareció el diplomado de cine, que por sugerencia de su esposo, decidió tomar.
Allí, acompañada de personas con poca experiencia, sacó adelante un proyecto que gustó mucho, y llegó la luz a su vida profesional. ¡Ajá! Eso era lo suyo, la producción, la producción de cine. Ahí se sintió plena y con locura pasional se metió en esa línea. De eso pasó al Fondo Cine y ahora trabaja en la elaboración del largometraje, cuyo nombre tentativo es “La última sonrisa”. Los planes para empezar a rodar están para inicios de 2014.
Fariba sabe que todavía hay más puertas por abrir y entiende que el talento, el empeño y los conocimientos son claves para que las cerraduras cedan.
Aquí me expreso. Hay una muestra de parte de mi trabajo como periodista y también algunas columnas de opinión. Me gusta escribir sobre temas que aporten a la comunidad a la que pertenezco.
Mostrando entradas con la etiqueta presentadora de tv. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta presentadora de tv. Mostrar todas las entradas
sábado, 22 de junio de 2013
jueves, 11 de abril de 2013
Entrevista a Bettina García
Entrevista publicada en Revista Mia
Entusiasmada, a su cuerpo le invadía ese cosquilleo efervescente que llega cuando estás apunto de hacer algo que habías esperado desde hace mucho. Ya se imaginada con un maquillaje impecable, atrevido o tierno, eso sí muy femenino. Su cabello con rizos o un estilo muy a la moda. Idealizó todo lo que no ocurrió. Muy al contrario tuvo que verse vestida de hombre. “¡Qué!, casi me muero, creo que quedé un poco triste, exclamó Bettina García Muller.
Para fortuna de lo estipulado para esta portada, Bettina nunca dice que no, y siempre procura poner su mejor rostro. “Era cuestión de disfrutarlo”, suspiró un poco más relajada. Luego de que todo parecía estar encaminado, surge otro dilema.
Yo vestida de hombre, ok, pero hay un inconveniente: no me recojo el cabello, tengo un problema con mis orejas, aclara la presentadora de televisión.
Sorry, hay que recogértelo, le respondieron en tono calmado los involucrados en la producción.
No, eso no es imposible, refutó la chica.
Lo que único que se me ocurre es que te peguemos las orejas con “Krazy glue”, aportó creativamente alguien.
Otra vez casi le da un patatús a Bettina. Entre puja y repuja se logró convencer a la dama para que accediera a dejarse pegar las orejas con la goma de secado rápido. Ya se le había olvidado por completo la desilusión por lucir ese look poco femenino. Las dos horas que duró la sesión fotográfica las disfrutó; eso sí, en el fondo estaba estresada por el momento en que tendrían que despegarle el pabellón. Imaginaba que se le desgarraría la piel.
—¿Una de las presentadoras de un programa tan osado como La Cáscara da muestras de cobardía?
—Soy súper cobarde. No para hacer locuras. Soy súper cobarde para el dolor. Eso de pensar en que me tienen que operar algo, qué va. El día que yo tenga hijos que me duerman completa. Yo creo que cuando uno se hace más viejo uno se pone más flojo.
Bettina lleva 5 años viviendo en Panamá y al poco tiempo de estar aquí empezó a trabajar en La Cáscara. Su espontaneidad y carisma se robaron el corazón de los panameños, quienes casi no se acuerdan que nació en Venezuela. Es más, sus coterráneos no le creen que ella sí es venezolana.
—¿Cómo has hecho para perder tu acento venezolano?
—La verdad creo que nunca tuve ese acento venezolano. Creo que en algún momento lo debí tener, pero no creo que haya sido tan marcado como muchos venezolanos que yo oigo hablar. Yo los oigo y digo: ¡wao qué acento tiene el venezolano!. Y cuando yo llegué aquí me dijeron que para que pudiera salir en La Cáscara tenía que perder un poco ese acento venezolano y hablar lo más panameño posible.
—¿Cómo te ha ido con las expresiones panameñas?
—De hecho tengo problemas con las expresiones panameñas porque, por ejemplo, la palabra que empieza con “chu”, yo no crecí creyendo que eso era una mala palabra. Como en Venezuela la palabra coño es una mala palabra y yo no la decía porque mi papá me pegaba. Para mí “chu” no es una grosería. Yo la digo así como si fuera tan natural. Igual la palabra que empieza con “v”, sabes en Venezuela es mala palabra pero no tan mala como aquí, o sea uno lo dice allá como una expresión, acá es súper feo. Pero me encantan las expresiones panameñas, mi favorita es “ahuevado”, esa palabra me fascina.
Esta venezolana no solo ama a Panamá, también ama a los panameños. Como para ratificar ese enunciado hasta se casó con uno. Aún se encuentra en el proceso de adaptarse a la vida matrimonial, pues siempre ha estado muy apegada a su familia.
—El día de la boda nos quedamos dormir en casa de mis papás. La segunda noche después de la boda como estábamos tan cansados cada uno se acostó en un sofá. La tercera noche mi mamá dizque: ya se van de la casa, se tienen que ir a su casa, ustedes se acaban de casar. Yo me puse a llorar. No me quería ir de mi casa. Yo decía: no, todavía no me siento preparada. No me quería ir de casa de mis papás. Mi mamá se burló de mí para siempre, rememoró.
—¿Ya hay planes de hijos?
—Todavía. Yo digo que empezaré a buscar dentro de un año, porque ahora disfruto mucho mi trabajo. Siento que estoy en el momento para dedicarme a mí full. El día que yo tengo un hijo le voy a dar el 100%. Yo seguiré trabajando en alguna otra cosa, ojalá que pueda ser así. Quiero educar a mis hijos, criarlos, llevarlos a la escuela, bañarlos, vestirlos, hacerles todo.
—¿Entonces cuando tengas hijos dejarás La Cáscara?, siempre has dicho que amas tu trabajo ahí.
—¡No, no creo!. Yo amo La Cáscara, pero La Cáscara es como hasta cierta etapa de mi vida. No me veo con hijos y tal por ahí saltando. A lo mejor haciendo Totalmente Falso, que es como más tranquilo. Me encantaría continuar en televisión, en algo que no me ocupe todo el día.
Que cómo le terminó de ir con las orejas: “Al final fue una ahuevazón”, dijo entre risas.
Entusiasmada, a su cuerpo le invadía ese cosquilleo efervescente que llega cuando estás apunto de hacer algo que habías esperado desde hace mucho. Ya se imaginada con un maquillaje impecable, atrevido o tierno, eso sí muy femenino. Su cabello con rizos o un estilo muy a la moda. Idealizó todo lo que no ocurrió. Muy al contrario tuvo que verse vestida de hombre. “¡Qué!, casi me muero, creo que quedé un poco triste, exclamó Bettina García Muller.
Para fortuna de lo estipulado para esta portada, Bettina nunca dice que no, y siempre procura poner su mejor rostro. “Era cuestión de disfrutarlo”, suspiró un poco más relajada. Luego de que todo parecía estar encaminado, surge otro dilema.
Yo vestida de hombre, ok, pero hay un inconveniente: no me recojo el cabello, tengo un problema con mis orejas, aclara la presentadora de televisión.
Sorry, hay que recogértelo, le respondieron en tono calmado los involucrados en la producción.
No, eso no es imposible, refutó la chica.
Lo que único que se me ocurre es que te peguemos las orejas con “Krazy glue”, aportó creativamente alguien.
Otra vez casi le da un patatús a Bettina. Entre puja y repuja se logró convencer a la dama para que accediera a dejarse pegar las orejas con la goma de secado rápido. Ya se le había olvidado por completo la desilusión por lucir ese look poco femenino. Las dos horas que duró la sesión fotográfica las disfrutó; eso sí, en el fondo estaba estresada por el momento en que tendrían que despegarle el pabellón. Imaginaba que se le desgarraría la piel.
—¿Una de las presentadoras de un programa tan osado como La Cáscara da muestras de cobardía?
—Soy súper cobarde. No para hacer locuras. Soy súper cobarde para el dolor. Eso de pensar en que me tienen que operar algo, qué va. El día que yo tenga hijos que me duerman completa. Yo creo que cuando uno se hace más viejo uno se pone más flojo.
Bettina lleva 5 años viviendo en Panamá y al poco tiempo de estar aquí empezó a trabajar en La Cáscara. Su espontaneidad y carisma se robaron el corazón de los panameños, quienes casi no se acuerdan que nació en Venezuela. Es más, sus coterráneos no le creen que ella sí es venezolana.
—¿Cómo has hecho para perder tu acento venezolano?
—La verdad creo que nunca tuve ese acento venezolano. Creo que en algún momento lo debí tener, pero no creo que haya sido tan marcado como muchos venezolanos que yo oigo hablar. Yo los oigo y digo: ¡wao qué acento tiene el venezolano!. Y cuando yo llegué aquí me dijeron que para que pudiera salir en La Cáscara tenía que perder un poco ese acento venezolano y hablar lo más panameño posible.
—¿Cómo te ha ido con las expresiones panameñas?
—De hecho tengo problemas con las expresiones panameñas porque, por ejemplo, la palabra que empieza con “chu”, yo no crecí creyendo que eso era una mala palabra. Como en Venezuela la palabra coño es una mala palabra y yo no la decía porque mi papá me pegaba. Para mí “chu” no es una grosería. Yo la digo así como si fuera tan natural. Igual la palabra que empieza con “v”, sabes en Venezuela es mala palabra pero no tan mala como aquí, o sea uno lo dice allá como una expresión, acá es súper feo. Pero me encantan las expresiones panameñas, mi favorita es “ahuevado”, esa palabra me fascina.
Esta venezolana no solo ama a Panamá, también ama a los panameños. Como para ratificar ese enunciado hasta se casó con uno. Aún se encuentra en el proceso de adaptarse a la vida matrimonial, pues siempre ha estado muy apegada a su familia.
—El día de la boda nos quedamos dormir en casa de mis papás. La segunda noche después de la boda como estábamos tan cansados cada uno se acostó en un sofá. La tercera noche mi mamá dizque: ya se van de la casa, se tienen que ir a su casa, ustedes se acaban de casar. Yo me puse a llorar. No me quería ir de mi casa. Yo decía: no, todavía no me siento preparada. No me quería ir de casa de mis papás. Mi mamá se burló de mí para siempre, rememoró.
—¿Ya hay planes de hijos?
—Todavía. Yo digo que empezaré a buscar dentro de un año, porque ahora disfruto mucho mi trabajo. Siento que estoy en el momento para dedicarme a mí full. El día que yo tengo un hijo le voy a dar el 100%. Yo seguiré trabajando en alguna otra cosa, ojalá que pueda ser así. Quiero educar a mis hijos, criarlos, llevarlos a la escuela, bañarlos, vestirlos, hacerles todo.
—¿Entonces cuando tengas hijos dejarás La Cáscara?, siempre has dicho que amas tu trabajo ahí.
—¡No, no creo!. Yo amo La Cáscara, pero La Cáscara es como hasta cierta etapa de mi vida. No me veo con hijos y tal por ahí saltando. A lo mejor haciendo Totalmente Falso, que es como más tranquilo. Me encantaría continuar en televisión, en algo que no me ocupe todo el día.
Que cómo le terminó de ir con las orejas: “Al final fue una ahuevazón”, dijo entre risas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)