La Chapa, Carriazo y Juan Gil
Publicado por El Digital Panamá
Dayana L. Rivas Ch.
La encargada del bibliobús, Anayansi Barrantes, vuelve a revisar su cuadro de trabajo mensual. Antes del mediodía debe haber desarrollado su plan de promoción de lectura en aquellas comunidades en las que los niños no tienen acceso a bibliotecas.
Entre las escuelas que debe visitar están La Chapa, Carriazo y Juan Gil. Para poder cumplir con la agenda dispuesta, la hora de salida desde el Parque Recreativo Omar Torrijos no debe superar las 7 de la mañana.
Justo por la falta de recursos que enfrentan estos estudiantes, sus docentes han creado una dependencia a herramientas de apoyo educativo, como es el caso del bibliobús.
En esa mañana (que puede ser un día cualquiera de Anayansi y el señor Carlos), el camión lleno de libros se aleja de los rascacielos, en media hora pasa por los barrios de la periferia y pronto las orillas de la carretera dejan de ser edificios para darle paso a la vegetación.
El cielo estaba nublado.
—Tenemos que salir de allá antes que caiga ese aguacero, avisa el conductor.
Mientras más avanzaba el vehículo, más árboles poblaban el paisaje. A lo lejos, la masa verde se presentaba imponente. Uno se olvida de que se está en el distrito capital.
—Vamos a donde está esa última montaña, informa el chofer a quienes por primera vez participaban del recorrido.
Cerca de la 8 de la mañana el bibliobús subió una pendiente empinada y bajó hasta la orilla de un río e hizo sonar su bocina. Segundos después, niños entre 6 a 12 años cruzaban corriendo un puente colgante, acortaban paso por un sendero de tierra y llegaban a la biblioteca móvil.
—Se sacuden el lodo de los zapatos, grita Anayansi, procurando que las alfombras de su herramienta de trabajo salgan lo más limpias posible de esta primera jornada. Después de esta parada, tocaba pasar Carriazo y Juan Gil, otras dos escuelas multigrado del área Este de la capital panameña.
En ese momento inicia el proceso de entrega y renovación de préstamos. Anayansi revisa las tarjetas de control que hay en cada libro que le entregan, las marca y los usuarios buscan otro ejemplar entre los anaqueles repletos de literatura infantil y juvenil.
El procedimiento es muy distinto al utilizado en cualquiera biblioteca automatizada de esta era, donde con un escáner y unos “clicks” se lleva la información de los préstamos directo a la computadora.
De hecho, aunque el resto del distrito las computadoras son algo cotidiano para muchas personas, para los niños de La Chapa sigue siendo algo conocido porque todos hablan de ellas pero ajenas a su día a día.
No cuentan con internet y ni siquiera hay cobertura constante para la señal de telefonía móvil.
De a uno a uno van saliendo del camión y regresan por el mismo puente a la escuela que, según describen, está muy cerca del río, pero que no está a simple vista.
Ese centro educativo es uno de los 1,954 multigrados que existe en todo el país. Lorena Castillo es la directora y única docente de esta escuela. Única maestra por la baja matrícula, de acuerdo a su explicación.
El Ministerio de Educación implementa el mecanismo de aulas multigrado en comunidades donde hay población estudiantil pero por diversas razones como la baja matrícula, dificultades para nombrar a los docentes, entre otras circunstancias, se deba tomar la decisión de hacer responsable a un educador de dos o más grados. El caso de esta escuela tiene relación directa con lo pequeña que es la comunidad y su ubicación.
En esos trece niños, la maestra tiene estudiantes que van de primero a sexto grado (este año no hay de tercer grado), que provienen de familias cuya economía está cimentada en la actividad agropecuaria, lo que supone empleos informales en esta misma rama.
Este poblado de cerca de 60 casas, inmerso en las tupidas montañas del Este de la provincia de Panamá, está en el corregimiento de San Martín, aquella región famosa por sus balnearios.
En esa mañana, después de que cada una seleccionara su nuevo libro, se lleva a cabo el siguiente paso del programa, que consiste en la lectura de alguna obra corta. Esto estimula el deseo de leer de los estudiantes, les muestra las aventuras que pueden guardar las páginas de cuentos y novelas.
Anayansi atraviesa el puente colgante que pasa sobre el río, el mismo que usaron los niños para llegar al bibliobús, entra a la única aula de la escuela, que en esa ocasión se encuentra en penumbras. No hay luz.
En La Chapa la mañana había transcurrido sin electricidad, no había abanicos para refrescar el aula, pero no dar clases es algo que no había pasado por la mente de ninguno de los afectados. Aquello que es indispensable para las personas que viven en las ciudades, para ellos puede ser lo cotidiano.
Justo después de mostrar a los visitantes el huerto plantado por los mismos estudiantes como parte de su formación, los niños y niñas fueron llamados al comedor donde se encontraban 12 cremas servidas. Antes de inclinar las tazas a sus labios un coro elevaba una oración pidiendo una bendición. La rutina en esa mañana sin energía eléctrica continuaba como todos los días, el calor y la penumbra no interrumpió ni el desayuno.
Una vez quedaron vacíos los recipientes volvieron al aula y Anayansi comienza a contar la leyenda de Mariana del Monte. En esta ocasión narra algo panameño para citar hechos o lugares relaciones con la Ciudad de Panamá. Los niños y niñas se mantienen atentos y al final participan animadamente del análisis incentivado por la contadora de historias.
Una vez culminada la sesión, la maestra Castillo se apresura a comprometer a Anayansi a volver pronto. En lo que hablan de proyectos a corto plazo, pasan a otro salón en donde se tiene planificado montar una biblioteca. Hay algunos muebles y unos libros académicos (nada de literatura), hasta las cortinas compraron, mas tienen un nuevo reto: espantar a unos murciélagos que invaden el lugar. Mientras se resuelve esta situación la visita del bibliobús sigue siendo una prioridad.
Después de cruzar una vez más sobre el río, que ya en ese momento se vaticinaba que podía crecer con el aguacero que había empezado a caer más arriba, los pasajeros del bibliobús lo vuelven a abordar y bajan de la montaña.
Diez minutos después están en Carriazo, otra de las escuelas multigrado del sector. La parada es breve, solo ajustan las agendas para una siguiente cita y la ruta continúa.
A orilla de una vía principal se encuentra la escuela de Juan Gil, allí hay 83 estudiantes matriculados en este 2019, que son manejados por 3 docentes de grados, entre ellos tres está incluida la directora Silvia Cianca.
A diferencia de las escuelas ubicadas en el área urbana, estos tres centros educativos están en medio de un entorno rodeado de jardines bien cuidados (por los propios niños, padres y docentes), paredes limpias y bien pintadas. En el caso de Juan Gil, tras una jornada de responsabilidad social de una de las empresas más grandes del país, su fachada fue decorada con hermosos murales, además de lograr arreglos en los baños y se le proporcionaron otros insumos.
Si bien la infraestructura es importante en el proceso de aprendizaje, hay otros factores que pesan más, aseguran investigadores como la doctora Nadia De León, quien también es parte de los profesionales que han abordado junto a Julio Escobar los datos panameños sobre educación.
La brecha de desigualdad en la educación no se cerrará con jornadas de pintura. La receta está en las universidades, asegura Escobar, pues es donde los responsables de las aulas aprenden a educar.
Contrarrestar los resultados que miden el nivel de la educación es una tarea difícil para La Chapa, Juan Gil y Carriazo. Sin acceso a libros, ni académicos ni de literatura, algo que para cualquiera que intente instruirse es básico, ¿cómo se elevan los niveles de competencia en lectura? Ni siquiera las escuelas oficiales del área urbana se han acercado al promedio internacional y las rurales se ubican en la franja del promedio inadecuado.
Mientras los estudiosos del tema siguen haciendo sus recomendaciones y PISA, CRECER, TERCE y todas las pruebas que aparezcan continúen indicando en porcentajes comparativos la situación del sistema, los niños y niñas de La Chapa, Juan Gil y Carriazo (y muchas otras escuelas que forman parte de este programa) siguen esperando el bibliobús. Para ellos el pito del camión les suena a diversión (la maestra debe suspender sus clases regulares para que ellos escuchen cuentos) y para la maestra es una especie de conforte que viene a abrigar los esfuerzos que hace por enseñar en un lugar donde escasean los libros.
Aquí me expreso. Hay una muestra de parte de mi trabajo como periodista y también algunas columnas de opinión. Me gusta escribir sobre temas que aporten a la comunidad a la que pertenezco.
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lunes, 13 de enero de 2020
Los senderos del bibliobús
Etiquetas:
Biblioteca Nacional,
desigualdad,
educación,
Escritura,
lectura,
literatura,
Panamá. Bibliobús
Ubicación:
Panamá
miércoles, 14 de noviembre de 2018
En busca de la libertad a través de la lectura
Dentro del centro penitenciario La Nueva Joya se ha gestado una nueva lucha. Con pocos recursos toma forma un prometedor sistema de bibliotecas.
Dayana L. Rivas Ch.
En el pabellón E del centro penitenciario La Nueva Joya los privados de libertad tienen su propia forma de ajustar las cuentas. Debido a su particular situación crearon un sistema en el que todo se hace con las manos y el ingenio. Por supuesto, necesitan uno que otro recurso que les llega desde afuera.
Aunque limitados, nada ha detenido el deseo de tener organizadas bibliotecas dentro del lugar que los aísla del resto de la sociedad, porque la consigna la tienen clara y bien rotulada en la entrada de una de ellas “Lee un libro y viaja afuera, la mente no está presa”.
Así van las cuentas. En la biblioteca del ala norte tienen registrados 724 documentos. En un tablero blanco, con unas gráficas dibujadas a mano con líneas perfectamente trazadas, llevan las estadísticas que indican que tienen 351 libros en la colección bibliográfica y 423 publicaciones seriadas (periódicos y revistas) en la hemeroteca.
Todo el contenido lo tienen ordenado según el tema que se aborda. Apenas se entra al espacio destinado para este fin, justo a la izquierda está la hemeroteca, donde han colocado con cuidadosa estética y alfabéticamente las revistas y diarios a los que han tenido acceso.
Luego, la mayor parte del salón tiene el resto de los muebles con libros que acomodaron de acuerdo al Sistema decimal Dewey, que divide la colección en las 10 grandes áreas del conocimiento (0 conocimientos generales, 100 filosofía y psicología, 200 religión, 300 ciencias sociales, 400 lenguaje, 500 ciencias naturales, 600 tecnología y ciencias de la salud, 700 artes y deporte, 800 literatura, 900 geografía e historia).
Los responsables de esta esmerada tarea son los privados de libertad Alex Cedeño, Humberto Pitty, Gregorio Alvarado y Rafael Caballero. Cada uno tiene una tarea específica. Cedeño es quien dirige la gestión bibliotecaria, es el encargado de que todo funcione como en cualquier biblioteca del mundo (dentro de las posibilidades) aunque estén en un penal. Alvarado y Caballero se encargan de llevar el registro de los préstamos y son los responsables de que cada documento regrese a su espacio en buen estado. Pitty tiene la misión de cuidar del orden, el aseo y del diseño de interiores del recinto.
En un pequeño espacio donde se dispusieron varios libros relacionados a finanzas hay un cuadro y el nombre de un excompañero, quien falleció privado de libertad. En honor a él decidieron iniciar la aventura de crear una biblioteca a la que nombrarían Oscar Ibarra. “Era una persona que siempre estaba leyendo”, cuentan los hoy bibliotecarios, quienes argumentan que de ese recuerdo nació la idea que consumaron el 23 de enero de este, cuando inauguraron el centro de aprendizaje.
De la mano de los expertos
Antes de ese momento no imaginaron que algún día desarrollarían estas labores. Dada la necesidad de crear algo que funcionara, entablaron contacto con la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R., donde desde el despacho de la directora técnica de esta entidad, Guadalupe de Rivera, se gestionó la dotación de documentos que nutrieran la naciente biblioteca.
La Biblioteca Nacional no solo donó libros. Desde la primera visita se notó el interés que tenían los detenidos, así fue que Rivera autorizó que la bibliotecóloga Fátima Ávila, jefa de la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, dictara unas capacitaciones a quienes se harían cargo de las bibliotecas.
Ávila instruyó a 12 personas. Ella fue quien les habló del sistema Dewey, de las áreas del conocimiento y de la importancia del registro en números de todo lo que realizaban. En las primeras visitas al penal no se observaba lo que hoy son las bibliotecas, asegura la experta.
Fue muy grato para ella ver cómo hoy, sus alumnos se han esmerado en aplicar cada dato que les impartiera en clases. No tienen un sistema informático para llevar los registros de adquisición, de catalogación ni mucho menos los préstamos, como lo permite el programa Absys que usan muchas bibliotecas. Aun así no se les ha escapado ni una cifra.
Hace unos días la bibliotecóloga volvió a La Nueva Joya a entregar una donación de 300 documentos que se sumaron a las 141 novelas, 57 libros de religión, 45 de filosofía, 21 de geografía e historia, 63 de derecho e idioma, 24 almanaques y diccionarios, 54 atlas, 62 periódicos, 25 revistas Mundo Social, 46 National Geografic, 183 revistas Lotería y otros cuantos que nutren el lugar.
Estos hombres han bajado el cielo a su pabellón, con todo y su Sistema Solar. Cuando Ávila entró a la biblioteca quedó parada bajo el sol y los planetas que lo rodean, gracias a una maqueta que colocaron los recién estrenados bibliotecarios en el techo del salón. Fue idea de Humberto Pitty, quien es artesano. Leyendo una de las primeras revistas que le llevaron se encontró con una imagen imponente, que de inmediato, en su mente, la ubicó en la parte superior del cuarto. No sé quedó en el pensamiento, él transmitió su idea a los compañeros y rápidamente solicitaron apoyo de las autoridades del pabellón, quienes permitieron que sus familiares le hicieran llegar los materiales para la manualidad.
La también magíster en Patrimonio documental recibió un detallado informe de lo que ha ocurrido con todo el contenido que ha llegado. En un libro llevan registrado a mano cada documento que ha ingresado, ya sea por vía de la Biblioteca Nacional o a través de las visitas que reciben los privados. Colocan el código según el sistema Dewey y el número de ISBN que tiene cada libro. De esta forma tienen claro en qué sector va cada adquisición. La representante de la Biblioteca Nacional estaba sorprendida de la claridad con que se le describió cada dato.
En otro cuaderno llevan el control de los préstamos. De enero a septiembre se dieron 939 solicitudes. En febrero tabularon 171, marzo 150, abril 145 mayo 126, junio 123, julio 89, agosto 94 y hasta el 18 de septiembre iban 61. Gracias a las estadísticas han detectado que las novelas son lo más buscado, sobre todo la literatura panameña que describe la cultura y regiones del país, entre esos libros más leídos está Pueblos Perdidos del sello editorial Biblioteca Nacional. También piden mucho lo relacionado a leyes y les gustan las revistas porque los hace soñar, describen los encargados de realizar los préstamos.
El ambiente de la biblioteca Oscar Ibarra no tiene nada que pedir a ninguna de afuera. Sus administradores se han encargado de decorar cada rincón, desde los pasillos han sido nutridos con carteles informativos hasta el interior donde aparte de las dos colecciones han diseñado rincones temáticos donde hay un espacio destinado al deporte, a actividades internas, etc. Se han preocupado por hacer esculturas y cuadros pictóricos con material reciclado dándole así color y alegría a las grises paredes.
No solo conmutan, se ayudan a sí y a otros
Estar a cargo de la biblioteca les ha dado otro sentido a la situación en que se encuentra cada uno de los involucrados en este proyecto. En el ala sur del pabellón E se encuentra otra biblioteca, un poco menos dotada pero que funciona bastante bien, explicó Ávila. Los encargados de este sector son Javier De Sedas y Emanuel Espinoza. Ambos conmutan pena gracias a este trabajo, pero para ellos el acceso a documentos de valor es una forma de apoyar a los compañeros que se encuentran en otros programas educativos.
Espinoza cuenta que él mismo se ha visto beneficiado. Él está próximo a culminar su bachillerato. Casi termina de pagar su pena y también recibirá un título educativo. Cuenta que cuando necesita hacer alguna tarea, es la biblioteca el lugar al que acude, porque en su caso, aparte de los profesores y de los talleres a los que tienen acceso, ésta es la única vía que tiene para adquirir el conocimiento que desee.
En este ala también leen mucha literatura panameña y solicitan libros de leyes. Estos últimos para estar mejor informados de sus situaciones legales. En este sector, la biblioteca empieza a tomar forma. Los encargados son más jóvenes que los de la Oscar Ibarra, pero se esfuerzan por mantener el orden y el aseo. Con regularidad visitan a sus colegas para observar cómo han adecuado el espacio y así tener ideas de cómo lograr una mejor gestión bibliotecaria.
Estos dos jóvenes ya se encuentran en lo que llaman “prelibertad”. Su anhelo es que cuando dejen esas paredes y barrotes, la biblioteca siga siendo una herramienta útil. Desean verla más dotada, con acceso a más novelas y a documentos hemerográficos, que es lo que menos tienen.
La realidad del sistema
Colgados en unos cuadros en la pared tienen los certificados que recibieron después de la capacitación de Ávila. Ese fue un paso importante para que hoy, solo unos meses después, las bibliotecas lograran el avance alcanzado. Aunque el sistema penitenciario dispone de un sitio en cada pabellón para este fin, la existencia de estas bibliotecas ha dependido de la voluntad de los residentes del pabellón y del apoyo externo que han encontrado.
La Biblioteca Nacional ha jugado un papel importante en el éxito de estas bibliotecas, el otro pilar, de acuerdo con lo descrito por los propios privados de libertad, ha sido su familia, quienes han aportado libros, maquetas, rompecabezas y otros artículos que les han ayudado a crear un mejor ambiente. Pero cualquiera que esté interesado puede aportar a estas iniciativas a través del departamento de Donaciones del Sistema Penitenciario.
Lo más pobre de su contenido es la colección hemerográfica (revistas y periódicos), porque es a lo que menos tienen acceso sus proveedores. Sus familiares tienen prohibido llevarles periódicos y la Biblioteca Nacional solo recibe los números que necesita para sus propias colecciones.
Justo son los periódicos elementos muy utilizados por ellos dentro del penal y muchas veces los que llegan son usados en los talleres de artesanías. Es decir, que el contenido de la hemeroteca peligra cada vez que inicia un curso, problema que podría ser resuelto si recibieran más donación de estas publicaciones.
Alianzas entre instituciones
Roddy Geannino, coordinador de Educación del Sistema Penitenciario, explica que están trabajando en alianzas para que puedan funcionar más bibliotecas dentro de los penales. Tiene presente que las poblaciones pueden ser muy distintos en cada pabellón, por lo que el tiempo que se tome en concretar cada proyecto puede variar.
Lo principal es estimular al privado de libertad que aunque esté ahí dentro puede ser útil para la sociedad. Ese pensamiento que han demostrado tener los del pabellón E debe hacerse viral. Por su parte Fátima Ávila, de la Biblioteca Nacional, está dispuesta a seguir colaborando con estas bibliotecas. En su última visita les dio algunas recomendaciones sobre conservación, para cuidar la vida de cada documento.
Según las cuentas ajustadas hasta este momento, cada día se realizan cerca de 4 solicitudes de libros en cada biblioteca. A los más asiduos les ha tocado releer varios libros. Les ha quedado marcado el mensaje de la entrada, su mente no está presa y a través de la lectura viajan lejos.
Dayana L. Rivas Ch.
En el pabellón E del centro penitenciario La Nueva Joya los privados de libertad tienen su propia forma de ajustar las cuentas. Debido a su particular situación crearon un sistema en el que todo se hace con las manos y el ingenio. Por supuesto, necesitan uno que otro recurso que les llega desde afuera.
Aunque limitados, nada ha detenido el deseo de tener organizadas bibliotecas dentro del lugar que los aísla del resto de la sociedad, porque la consigna la tienen clara y bien rotulada en la entrada de una de ellas “Lee un libro y viaja afuera, la mente no está presa”.
Así van las cuentas. En la biblioteca del ala norte tienen registrados 724 documentos. En un tablero blanco, con unas gráficas dibujadas a mano con líneas perfectamente trazadas, llevan las estadísticas que indican que tienen 351 libros en la colección bibliográfica y 423 publicaciones seriadas (periódicos y revistas) en la hemeroteca.
Todo el contenido lo tienen ordenado según el tema que se aborda. Apenas se entra al espacio destinado para este fin, justo a la izquierda está la hemeroteca, donde han colocado con cuidadosa estética y alfabéticamente las revistas y diarios a los que han tenido acceso.
Luego, la mayor parte del salón tiene el resto de los muebles con libros que acomodaron de acuerdo al Sistema decimal Dewey, que divide la colección en las 10 grandes áreas del conocimiento (0 conocimientos generales, 100 filosofía y psicología, 200 religión, 300 ciencias sociales, 400 lenguaje, 500 ciencias naturales, 600 tecnología y ciencias de la salud, 700 artes y deporte, 800 literatura, 900 geografía e historia).
Los responsables de esta esmerada tarea son los privados de libertad Alex Cedeño, Humberto Pitty, Gregorio Alvarado y Rafael Caballero. Cada uno tiene una tarea específica. Cedeño es quien dirige la gestión bibliotecaria, es el encargado de que todo funcione como en cualquier biblioteca del mundo (dentro de las posibilidades) aunque estén en un penal. Alvarado y Caballero se encargan de llevar el registro de los préstamos y son los responsables de que cada documento regrese a su espacio en buen estado. Pitty tiene la misión de cuidar del orden, el aseo y del diseño de interiores del recinto.
En un pequeño espacio donde se dispusieron varios libros relacionados a finanzas hay un cuadro y el nombre de un excompañero, quien falleció privado de libertad. En honor a él decidieron iniciar la aventura de crear una biblioteca a la que nombrarían Oscar Ibarra. “Era una persona que siempre estaba leyendo”, cuentan los hoy bibliotecarios, quienes argumentan que de ese recuerdo nació la idea que consumaron el 23 de enero de este, cuando inauguraron el centro de aprendizaje.
De la mano de los expertos
Antes de ese momento no imaginaron que algún día desarrollarían estas labores. Dada la necesidad de crear algo que funcionara, entablaron contacto con la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R., donde desde el despacho de la directora técnica de esta entidad, Guadalupe de Rivera, se gestionó la dotación de documentos que nutrieran la naciente biblioteca.
La Biblioteca Nacional no solo donó libros. Desde la primera visita se notó el interés que tenían los detenidos, así fue que Rivera autorizó que la bibliotecóloga Fátima Ávila, jefa de la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, dictara unas capacitaciones a quienes se harían cargo de las bibliotecas.
Ávila instruyó a 12 personas. Ella fue quien les habló del sistema Dewey, de las áreas del conocimiento y de la importancia del registro en números de todo lo que realizaban. En las primeras visitas al penal no se observaba lo que hoy son las bibliotecas, asegura la experta.
Fue muy grato para ella ver cómo hoy, sus alumnos se han esmerado en aplicar cada dato que les impartiera en clases. No tienen un sistema informático para llevar los registros de adquisición, de catalogación ni mucho menos los préstamos, como lo permite el programa Absys que usan muchas bibliotecas. Aun así no se les ha escapado ni una cifra.
Hace unos días la bibliotecóloga volvió a La Nueva Joya a entregar una donación de 300 documentos que se sumaron a las 141 novelas, 57 libros de religión, 45 de filosofía, 21 de geografía e historia, 63 de derecho e idioma, 24 almanaques y diccionarios, 54 atlas, 62 periódicos, 25 revistas Mundo Social, 46 National Geografic, 183 revistas Lotería y otros cuantos que nutren el lugar.
Estos hombres han bajado el cielo a su pabellón, con todo y su Sistema Solar. Cuando Ávila entró a la biblioteca quedó parada bajo el sol y los planetas que lo rodean, gracias a una maqueta que colocaron los recién estrenados bibliotecarios en el techo del salón. Fue idea de Humberto Pitty, quien es artesano. Leyendo una de las primeras revistas que le llevaron se encontró con una imagen imponente, que de inmediato, en su mente, la ubicó en la parte superior del cuarto. No sé quedó en el pensamiento, él transmitió su idea a los compañeros y rápidamente solicitaron apoyo de las autoridades del pabellón, quienes permitieron que sus familiares le hicieran llegar los materiales para la manualidad.
La también magíster en Patrimonio documental recibió un detallado informe de lo que ha ocurrido con todo el contenido que ha llegado. En un libro llevan registrado a mano cada documento que ha ingresado, ya sea por vía de la Biblioteca Nacional o a través de las visitas que reciben los privados. Colocan el código según el sistema Dewey y el número de ISBN que tiene cada libro. De esta forma tienen claro en qué sector va cada adquisición. La representante de la Biblioteca Nacional estaba sorprendida de la claridad con que se le describió cada dato.
En otro cuaderno llevan el control de los préstamos. De enero a septiembre se dieron 939 solicitudes. En febrero tabularon 171, marzo 150, abril 145 mayo 126, junio 123, julio 89, agosto 94 y hasta el 18 de septiembre iban 61. Gracias a las estadísticas han detectado que las novelas son lo más buscado, sobre todo la literatura panameña que describe la cultura y regiones del país, entre esos libros más leídos está Pueblos Perdidos del sello editorial Biblioteca Nacional. También piden mucho lo relacionado a leyes y les gustan las revistas porque los hace soñar, describen los encargados de realizar los préstamos.
El ambiente de la biblioteca Oscar Ibarra no tiene nada que pedir a ninguna de afuera. Sus administradores se han encargado de decorar cada rincón, desde los pasillos han sido nutridos con carteles informativos hasta el interior donde aparte de las dos colecciones han diseñado rincones temáticos donde hay un espacio destinado al deporte, a actividades internas, etc. Se han preocupado por hacer esculturas y cuadros pictóricos con material reciclado dándole así color y alegría a las grises paredes.
No solo conmutan, se ayudan a sí y a otros
Estar a cargo de la biblioteca les ha dado otro sentido a la situación en que se encuentra cada uno de los involucrados en este proyecto. En el ala sur del pabellón E se encuentra otra biblioteca, un poco menos dotada pero que funciona bastante bien, explicó Ávila. Los encargados de este sector son Javier De Sedas y Emanuel Espinoza. Ambos conmutan pena gracias a este trabajo, pero para ellos el acceso a documentos de valor es una forma de apoyar a los compañeros que se encuentran en otros programas educativos.
Espinoza cuenta que él mismo se ha visto beneficiado. Él está próximo a culminar su bachillerato. Casi termina de pagar su pena y también recibirá un título educativo. Cuenta que cuando necesita hacer alguna tarea, es la biblioteca el lugar al que acude, porque en su caso, aparte de los profesores y de los talleres a los que tienen acceso, ésta es la única vía que tiene para adquirir el conocimiento que desee.
En este ala también leen mucha literatura panameña y solicitan libros de leyes. Estos últimos para estar mejor informados de sus situaciones legales. En este sector, la biblioteca empieza a tomar forma. Los encargados son más jóvenes que los de la Oscar Ibarra, pero se esfuerzan por mantener el orden y el aseo. Con regularidad visitan a sus colegas para observar cómo han adecuado el espacio y así tener ideas de cómo lograr una mejor gestión bibliotecaria.
Estos dos jóvenes ya se encuentran en lo que llaman “prelibertad”. Su anhelo es que cuando dejen esas paredes y barrotes, la biblioteca siga siendo una herramienta útil. Desean verla más dotada, con acceso a más novelas y a documentos hemerográficos, que es lo que menos tienen.
La realidad del sistema
Colgados en unos cuadros en la pared tienen los certificados que recibieron después de la capacitación de Ávila. Ese fue un paso importante para que hoy, solo unos meses después, las bibliotecas lograran el avance alcanzado. Aunque el sistema penitenciario dispone de un sitio en cada pabellón para este fin, la existencia de estas bibliotecas ha dependido de la voluntad de los residentes del pabellón y del apoyo externo que han encontrado.
La Biblioteca Nacional ha jugado un papel importante en el éxito de estas bibliotecas, el otro pilar, de acuerdo con lo descrito por los propios privados de libertad, ha sido su familia, quienes han aportado libros, maquetas, rompecabezas y otros artículos que les han ayudado a crear un mejor ambiente. Pero cualquiera que esté interesado puede aportar a estas iniciativas a través del departamento de Donaciones del Sistema Penitenciario.
Lo más pobre de su contenido es la colección hemerográfica (revistas y periódicos), porque es a lo que menos tienen acceso sus proveedores. Sus familiares tienen prohibido llevarles periódicos y la Biblioteca Nacional solo recibe los números que necesita para sus propias colecciones.
Justo son los periódicos elementos muy utilizados por ellos dentro del penal y muchas veces los que llegan son usados en los talleres de artesanías. Es decir, que el contenido de la hemeroteca peligra cada vez que inicia un curso, problema que podría ser resuelto si recibieran más donación de estas publicaciones.
Alianzas entre instituciones
Roddy Geannino, coordinador de Educación del Sistema Penitenciario, explica que están trabajando en alianzas para que puedan funcionar más bibliotecas dentro de los penales. Tiene presente que las poblaciones pueden ser muy distintos en cada pabellón, por lo que el tiempo que se tome en concretar cada proyecto puede variar.
Lo principal es estimular al privado de libertad que aunque esté ahí dentro puede ser útil para la sociedad. Ese pensamiento que han demostrado tener los del pabellón E debe hacerse viral. Por su parte Fátima Ávila, de la Biblioteca Nacional, está dispuesta a seguir colaborando con estas bibliotecas. En su última visita les dio algunas recomendaciones sobre conservación, para cuidar la vida de cada documento.
Según las cuentas ajustadas hasta este momento, cada día se realizan cerca de 4 solicitudes de libros en cada biblioteca. A los más asiduos les ha tocado releer varios libros. Les ha quedado marcado el mensaje de la entrada, su mente no está presa y a través de la lectura viajan lejos.
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