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lunes, 13 de enero de 2020

Los senderos del bibliobús

La Chapa, Carriazo y Juan Gil

Publicado por El Digital Panamá

Dayana L. Rivas Ch.

La encargada del bibliobús, Anayansi Barrantes, vuelve a revisar su cuadro de trabajo mensual. Antes del mediodía debe haber desarrollado su plan de promoción de lectura en aquellas comunidades en las que los niños no tienen acceso a bibliotecas.

Entre las escuelas que debe visitar están La Chapa, Carriazo y Juan Gil. Para poder cumplir con la agenda dispuesta, la hora de salida desde el Parque Recreativo Omar Torrijos no debe superar las 7 de la mañana.

Justo por la falta de recursos que enfrentan estos estudiantes, sus docentes han creado una dependencia a herramientas de apoyo educativo, como es el caso del bibliobús.

En esa mañana (que puede ser un día cualquiera de Anayansi y el señor Carlos), el camión lleno de libros se aleja de los rascacielos, en media hora pasa por los barrios de la periferia y pronto las orillas de la carretera dejan de ser edificios para darle paso a la vegetación.

El cielo estaba nublado.

—Tenemos que salir de allá antes que caiga ese aguacero, avisa el conductor.

Mientras más avanzaba el vehículo, más árboles poblaban el paisaje. A lo lejos, la masa verde se presentaba imponente. Uno se olvida de que se está en el distrito capital.

—Vamos a donde está esa última montaña, informa el chofer a quienes por primera vez participaban del recorrido.

Cerca de la 8 de la mañana el bibliobús subió una pendiente empinada y bajó hasta la orilla de un río e hizo sonar su bocina. Segundos después, niños entre 6 a 12 años cruzaban corriendo un puente colgante, acortaban paso por un sendero de tierra y llegaban a la biblioteca móvil.

—Se sacuden el lodo de los zapatos, grita Anayansi, procurando que las alfombras de su herramienta de trabajo salgan lo más limpias posible de esta primera jornada. Después de esta parada, tocaba pasar Carriazo y Juan Gil, otras dos escuelas multigrado del área Este de la capital panameña.

En ese momento inicia el proceso de entrega y renovación de préstamos. Anayansi revisa las tarjetas de control que hay en cada libro que le entregan, las marca y los usuarios buscan otro ejemplar entre los anaqueles repletos de literatura infantil y juvenil.

El procedimiento es muy distinto al utilizado en cualquiera biblioteca automatizada de esta era, donde con un escáner y unos “clicks” se lleva la información de los préstamos directo a la computadora.

De hecho, aunque el resto del distrito las computadoras son algo cotidiano para muchas personas, para los niños de La Chapa sigue siendo algo conocido porque todos hablan de ellas pero ajenas a su día a día.

No cuentan con internet y ni siquiera hay cobertura constante para la señal de telefonía móvil.

De a uno a uno van saliendo del camión y regresan por el mismo puente a la escuela que, según describen, está muy cerca del río, pero que no está a simple vista.

Ese centro educativo es uno de los 1,954 multigrados que existe en todo el país. Lorena Castillo es la directora y única docente de esta escuela. Única maestra por la baja matrícula, de acuerdo a su explicación.

El Ministerio de Educación implementa el mecanismo de aulas multigrado en comunidades donde hay población estudiantil pero por diversas razones como la baja matrícula, dificultades para nombrar a los docentes, entre otras circunstancias, se deba tomar la decisión de hacer responsable a un educador de dos o más grados. El caso de esta escuela tiene relación directa con lo pequeña que es la comunidad y su ubicación.

En esos trece niños, la maestra tiene estudiantes que van de primero a sexto grado (este año no hay de tercer grado), que provienen de familias cuya economía está cimentada en la actividad agropecuaria, lo que supone empleos informales en esta misma rama.

Este poblado de cerca de 60 casas, inmerso en las tupidas montañas del Este de la provincia de Panamá, está en el corregimiento de San Martín, aquella región famosa por sus balnearios.

En esa mañana, después de que cada una seleccionara su nuevo libro, se lleva a cabo el siguiente paso del programa, que consiste en la lectura de alguna obra corta. Esto estimula el deseo de leer de los estudiantes, les muestra las aventuras que pueden guardar las páginas de cuentos y novelas.

Anayansi atraviesa el puente colgante que pasa sobre el río, el mismo que usaron los niños para llegar al bibliobús, entra a la única aula de la escuela, que en esa ocasión se encuentra en penumbras. No hay luz.

En La Chapa la mañana había transcurrido sin electricidad, no había abanicos para refrescar el aula, pero no dar clases es algo que no había pasado por la mente de ninguno de los afectados. Aquello que es indispensable para las personas que viven en las ciudades, para ellos puede ser lo cotidiano.

Justo después de mostrar a los visitantes el huerto plantado por los mismos estudiantes como parte de su formación, los niños y niñas fueron llamados al comedor donde se encontraban 12 cremas servidas. Antes de inclinar las tazas a sus labios un coro elevaba una oración pidiendo una bendición. La rutina en esa mañana sin energía eléctrica continuaba como todos los días, el calor y la penumbra no interrumpió ni el desayuno.

Una vez quedaron vacíos los recipientes volvieron al aula y Anayansi comienza a contar la leyenda de Mariana del Monte. En esta ocasión narra algo panameño para citar hechos o lugares relaciones con la Ciudad de Panamá. Los niños y niñas se mantienen atentos y al final participan animadamente del análisis incentivado por la contadora de historias.

Una vez culminada la sesión, la maestra Castillo se apresura a comprometer a Anayansi a volver pronto. En lo que hablan de proyectos a corto plazo, pasan a otro salón en donde se tiene planificado montar una biblioteca. Hay algunos muebles y unos libros académicos (nada de literatura), hasta las cortinas compraron, mas tienen un nuevo reto: espantar a unos murciélagos que invaden el lugar. Mientras se resuelve esta situación la visita del bibliobús sigue siendo una prioridad.

Después de cruzar una vez más sobre el río, que ya en ese momento se vaticinaba que podía crecer con el aguacero que había empezado a caer más arriba, los pasajeros del bibliobús lo vuelven a abordar y bajan de la montaña.

Diez minutos después están en Carriazo, otra de las escuelas multigrado del sector. La parada es breve, solo ajustan las agendas para una siguiente cita y la ruta continúa.

A orilla de una vía principal se encuentra la escuela de Juan Gil, allí hay 83 estudiantes matriculados en este 2019, que son manejados por 3 docentes de grados, entre ellos tres está incluida la directora Silvia Cianca.

A diferencia de las escuelas ubicadas en el área urbana, estos tres centros educativos están en medio de un entorno rodeado de jardines bien cuidados (por los propios niños, padres y docentes), paredes limpias y bien pintadas. En el caso de Juan Gil, tras una jornada de responsabilidad social de una de las empresas más grandes del país, su fachada fue decorada con hermosos murales, además de lograr arreglos en los baños y se le proporcionaron otros insumos.

Si bien la infraestructura es importante en el proceso de aprendizaje, hay otros factores que pesan más, aseguran investigadores como la doctora Nadia De León, quien también es parte de los profesionales que han abordado junto a Julio Escobar los datos panameños sobre educación.

La brecha de desigualdad en la educación no se cerrará con jornadas de pintura. La receta está en las universidades, asegura Escobar, pues es donde los responsables de las aulas aprenden a educar.

Contrarrestar los resultados que miden el nivel de la educación es una tarea difícil para La Chapa, Juan Gil y Carriazo. Sin acceso a libros, ni académicos ni de literatura, algo que para cualquiera que intente instruirse es básico, ¿cómo se elevan los niveles de competencia en lectura? Ni siquiera las escuelas oficiales del área urbana se han acercado al promedio internacional y las rurales se ubican en la franja del promedio inadecuado.

Mientras los estudiosos del tema siguen haciendo sus recomendaciones y PISA, CRECER, TERCE y todas las pruebas que aparezcan continúen indicando en porcentajes comparativos la situación del sistema, los niños y niñas de La Chapa, Juan Gil y Carriazo (y muchas otras escuelas que forman parte de este programa) siguen esperando el bibliobús. Para ellos el pito del camión les suena a diversión (la maestra debe suspender sus clases regulares para que ellos escuchen cuentos) y para la maestra es una especie de conforte que viene a abrigar los esfuerzos que hace por enseñar en un lugar donde escasean los libros.

lunes, 25 de febrero de 2019

El camión de la alegría llega al “Nuevo Colón”

El bibliobús de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R. participó de Expo Art, actividades de verano para incentivar la creatividad en el recién inaugurado residencial Altos de los Lagos (Proyecto Nuevo Colón)

Dayana L. Rivas Ch.

Fulín vio llegar el bibliobús al pulcro barrio que por ahora tiene 102 edificios. Desde que el vehículo se estacionó no se le despegó más. Aún no habían iniciado las actividades formalmente, pero él, sin saber leer, ya estaba adentro viendo libros. Tomaba uno, lo ojeaba, preguntaba de qué trataba, lo dejaba para ir por otro. Cuando alguno le llamaba la atención se tiraba en la alfombra del camión. De pronto se acordó de La tortilla corredora, un cuento que escuchó en una visita anterior de la biblioteca. Se le quedó grabado, dijo Anayansi Barrantes, quien se encarga de esta entidad rodante.

Parece que lo primero que hace Fulín al despertar es comer e ir al puesto de guardia que hay en el recién inaugurado residencial Altos de los Lagos, donde viven unas 14 mil personas. Ahí pasa casi todo el día, según deja ver su relación cercana con los agentes y con los trabajadores sociales.

La presencia del bibliobús nunca pasa inadvertida. Acá en el nuevo Nuevo Colón no ha sido la excepción. Los niños se fueron acercando a él. Estaban esperando los cuentos. Al igual que Fulín, decenas de pequeños fueron llegando y rodeaban a los policías. Estos, ya acostumbrados a las visitas de sus vecinos, hacen un anuncio: “hoy les traje rompecabezas, pónganse en dos grupos. Yo los armo primero para que vean y luego lo hacen ustedes. El primer grupo que acabe gana”, dijo en voz alta un uniformado.

Los infantes hicieron lo indicado, al mismo tiempo que iban recibiendo unos desayunos que salían de la oficina. Los guardias estaban pendiente de que sus amigos ingirieran toda su comida. De vez en cuando regañaban a quien no tenías sus chancletas puestas o iban exigiendo que se colocara la basura en su lugar.

Después de comer, estaban listos para una primera ronda de cuentos. Anayansi toma un libro e inicia la narración. Solo estaban unos 3 niños sentados al lado de ella, al rato se acomodaron los demás y así se unieron unos 30. Anayansi preguntaba algo para saber si estaban atentos y la audiencia respondía con rapidez. Ellos también leyeron.

Que alguno de estos pequeños (de no más de 10 años) tuviera que cuidar a su hermano o hermana menor (incluso de 1 año de edad) no fue impedimento para ir a la “Maratón de Cuentos”, cierre de lo que el departamento de Gestión Social del Consorcio Nuevo Colón denominó Expo Art.

Pasarían toda la tarde escuchando historias. Después de la introducción de Anayansi, se les presentó a Saulo Olmedo y Marthe Halvorse, una pareja de panameño y noruega que andan por el mundo narrando. Como son músicos, acompañan sus espectáculos con instrumentos y cantos.

Iniciaron su presentación con algo vocal y un poco de percusión. Intentaron dar unas instrucciones para coordinar el desarrollo rítmico del espectáculo, pero fue en vano. Sobre ritmo hay poco o nada que enseñar a estos niños y niñas. Al primer golpe y vocalización, el público respondió como si lo supieran de toda la vida. La música es natural en ellos.

Saulo y Marthe crean historias con base en las culturas de los distintos lugares a los que viajan. Llegan a los sitios a aprender de su música, instrumentos, tradiciones y con eso escriben cuentos, que amenizan con sonidos, con temas que hablan del alma hasta de mangos.

Con estas técnicas la pareja logra mantener la atención de los niños, les transmiten conocimiento, algunas veces del país en el que están o de alguna tierra lejana. Esto no tiene que ver con lecciones moralistas, se apura a aclarar Saulo, explicando que hablan de tradiciones y cada quien interpreta las historias a su manera.

En las últimas horas de la tarde, ya los pequeños se comenzaron a inquietar. Habían escuchado varios cuentos, casi que no dieron tiempo de almorzar al equipo de facilitadores, pedían que se les abriera el bus. Debían disfrutarlo al máximo, ésta fue la tercera visita de esta herramienta de promoción de lectura de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R. y la última actividad de verano programa con esta entidad.

Pocas veces los cerca de 5 mil niños de este residencial tienen contacto con gestiones literarias, razón por la que Adrián Chang, del departamento de Comunidad del Equipo de Gestión Social del Consorcio Nuevo Colón, invitó a la Biblioteca Nacional a sus miércoles culturales y creativos.

De acuerdo con lo explicado por la psicóloga Yanelis Molina, también del equipo de Gestión Social, estos niños están rodeados de situaciones que los ubica como individuos en riesgo psicosocial, donde se manifiesta con frecuencia la deserción escolar.

Pero estos profesionales están enfocados en que eso sea asunto del pasado. “Queremos destacar las nuevas oportunidades que tienen”, aseguró Molina, y es así que han buscado aliados culturales en distintas ramas para explotar el potencial positivo de estos niños.

No queda duda de que estos pequeños son los consentidos de los policías que laboran en el sector. Justo los miembros de la estación que se encuentra en el barrio de más de 3 mil familias son unos de esos eslabones claves para ayudar a esta población a iniciar un mejor futuro. Sus armas cotidianas no son las pistolas y escudos protectores. Acá tienen otros dispositivos especiales como máquinas para hacer pop corn. Por ejemplo, cuando estaban en la última ronda de cuentos, se comenzó a sentir un olor a palomitas de maíz. Los agentes estaban preparando un snack para sus amiguitos.

De pronto, en medio del aroma a fiesta, reinó un pequeño caos, propio de cuando se tiene a un grupo de 80 niños juntos, pero la psicóloga muy sabiamente colocó una bocina y se oyó un repique de tambores. La audiencia hizo un círculo. Toda buena reunión social colonense necesita de un buen baile congo y así lo hicieron, dejando claro a los visitantes que venían a enseñarle ritmo, que esa tarea ya la tienen hecha de nacimiento.